"Cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano" Eduardo Galeano.

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jueves, 31 de diciembre de 2009

Una reflexión para el año que comienza

NUESTRA HORA
Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer futuro.
Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.

Pedro Casaldáliga.Obispo Emerito De Sao Felix De Araguaia. Mato Grosso. Brasil

martes, 20 de octubre de 2009

Epílogo


Pacto entre derrotados.
Ernesto Sabato

Hemos fracasado
sobre los bancos de arena del racionalismo
demos un paso atrás y volvamos a tocar
la roca del misterio
Urs von Balthasar


Te hablo a vos, y a través de vos a los chicos que me escriben o me paran por la calle, también a los que me miran desde otras mesas en algún café, que intentan acercarse a mí y no se atreven.

No quiero morirme sin decirles estas palabras.Tengo fe en ustedes. Les he escrito hechos muy duros, durante largo tiempo no sabía si volverles a hablar de lo que está pasando en el mundo. El peligro en que nos encontramos todos los hombres, ricos y pobres.

Esto es lo que ellos no saben, los hombres del poder. No saben que sus hijos, también están en esta pobre situación.

No podemos hundirnos en la depresión, porque es de alguna manera un lujo que no pueden darse los padres de los chiquitos que se mueren de hambre. Y no es posible que nos encerremos cada vez con más seguridades en nuestro hogares.Tenemos que abrirnos al mundo. No considerar que el desastre está afuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas. Es la vida y nuestra tierra las que están en peligro.

Les escribo un verso de Holderlin:
El fuego mismo de los dioses día y noche nos empuja a salir adelante. ¡Ven! Miremos los espacios abiertos, busquemos lo que nos pertenece, por lejano que esté.

Sí, muchachos, la vida de mundo hay que tomarla como la tarea propia y salir a defenderla. Es nuestra misión.

No cabe pensar que los gobiernos se van a ocupar. Los gobiernos han olvidado, casi podría decirse que en el mundo entero, que su fin es promover el bien común.

La solidaridad adquiere entonces un lugar decisivo en este mundo acéfalo que excluye a los diferentes. Cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia.

Pero antes habremos de aceptar que hemos fracasado. De lo contrario volveremos a ser arrastrados por los profetas de la televisión, por los que buscan la salvación en la panacea del hiperdesarrollo. El consumo no es un sustituto del paraíso.

La situación es muy grave y nos afecta a todos. Pero aún así, hay quienes se esfuerzan por no traicionar los nobles valores. Millones de seres en el mundo sobreviven heroicamente en la miseria. Ellos son los mártires.

Se los ve bajando de los trenes, de los ómnibus, después de inhumanas jornadas de trabajo, o desolados cuando no lo consiguen. Se les ve en las mujeres gastadas a los treinta años por los hijos y la urgencia de salir a trabajar por pagas miserables. Se les ve en los chicos de la calle, en los ancianos que duermen en los subtes. En todos los hombres abandonados en el sufrimiento y en su indigencia.

Una vez le preguntaron a Passolini por qué se interesaba en la vida de los marginados, como el protagonista de Mama Roma, y él respondió que lo hacía porque en ellos la vida se conserva sagrada en su miseria.

En un archivo donde colecciono papeles, recortes que me ayudan a vivir, tengo una fotografía del terremoto que destruyó hace años Concepción de Chile : una pobre india, que ha recompuesto precariamente su ranchito hecho de chapas de zinc y de cartones, está barriendo con una escoba ese pedazo de tierra apisonada delante de su casucha. ¡Y uno se hace preguntas teológicas! ¡Cuánto más demostrativa es la imagen de la pobre indiecita que sigue barriendo su casa y cuidando a sus hijos! Esta clase de seres nos revelan el Absoluto que tantas veces ponemos en duda, cumpliéndose en ellos, como dijera Holderlin, que donde abunda el peligro crece lo que salva. Cada vez que hemos estado a punto de sucumbir en la historia nos hemos salvado por la parte más desvalida de la humanidad. Tengamos en consideración entonces las palabras de María Zambrano: “No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero”. Muchas utopías han sido futuras realidades.

Son muchos los motivos, me dirás, podrías decirme, para descreer de todo.
Los jóvenes como vos, herederos de un abismo, deambulan exiliados en una tierra que no les otorga cobijo. En este desguarnecimiento existencial y metafísico, sufren huérfanos de cielo y de techo. Comprendo tu congoja, el desconcierto de pertenecer a un tiempo en que se han derrumbado los muros, pero donde aún no se vislumbran nuevos horizontes. Falsas luminarias pretenden cautivar tu voluntad desde las pantallas. Debés de pensar que no hay un cambio posible cuando el valor de la existencia es menor que el precio de un aviso publicitario. El escepticismo se ha agravado por la creciente resignación con que asumimos la magnitud del desastre. La banalidad con que se degradan los sentimientos más nobles, degenerando al hombre en una patética caricatura, en un ser irreconocible en su humanidad.Yo también tengo muchas dudas, y en ocasiones llego a pensar si son válidos los argumentos con que he intentado hallarle sentido a la existencia. Me reconforta saber que Kierkegaard decía que tener fe es el coraje de sostener la duda. Yo oscilo entre la desesperación y la esperanza, que es la que siempre prevalece, porque si no la humanidad habría desaparecido, casi desde el comienzo, porque tantos son los motivos para dudar de todo. Pero por la persistencia de ese sentimiento tan profundo como disparatado, ajeno a toda lógica -¡qué desdichado el hombre que sólo cuenta con la razón!- , nos salvamos, una y otra vez, sobre todo por las mujeres; porque no sólo dan la vida, sino que también son las que preservan esta enigmática especie. No en vano, en una de las culturas cuya sabiduría es milenaria, se creía que el alma de una mujer que moría en medio del parto, era conducida al mismo cielo que el guerrero vencido en un combate.

Por eso te hablo, con el deseo de generar en vos no sólo la provocación sino también el convencimiento.

Muchos cuestionan mi fe en los jóvenes, porque los consideran destructivos o apáticos. Es natural que en medio de la catástrofe haya quienes intenten evadirse entregándose vertiginosamente al consumo de drogas. Un problema que los imbéciles pretenden que sea una cuestión policial, cuando es el resultado de la profunda crisis espiritual de nuestro tiempo.Yo reafirmo a diario mi confianza en ustedes. Son muchos los que en medio de la tempestad continúan luchando, ofreciendo su tiempo y hasta su propia vida por el otro. En las calles, en las cárceles, en las villas miseria, en los hospitales. Mostrándonos que, en estos tiempos de triunfalismos falsos, la verdadera resistencia es la que combate por valores que se consideran perdidos.
Durante mi viaje a Albania, conocí un muchacho llamado Walter, que había dejado su casa en la provincia de Tucumán, para ir a cuidar enfermos junto a la congregación de Teresa de Calcuta. Con cuánta emoción lo recuerdo. Siempre que veo las terribles noticias que nos llegan desde aquel entrañable país, me pregunto dónde estará, si acaso leerá estas palabras de reconocimiento a su noble heroísmo.
Son millones los que están resistiendo, vos mismo lo podés comprobar cuando ves a esos hombres y mujeres que se levantan a altas horas de la madrugada y salen a buscar un empleo, trabajando en lo que pueden para alimentar a sus hijos y mantener honradamente al hogar, por modesto que sea. ¿Te detuviste a pensar cuántos en todo el país comparten esta hambre por la dignidad y la justicia?Miles de personas, a pesar de las derrotas y los fracasos, continúan manifestándose, llenando las plazas, decididos a liberar a la verdad de su largo confinamiento. En todas partes hay señales de que la gente comienza a gritar: “¡Basta!”. Lo mismo ocurre con el movimiento zapatista en México, y con todos los movimientos que nos advierten el peligro que corre el futuro del planeta.

Hay que recordar que hubo alguien que derribó al imperio más poderoso del mundo con una cabra y una rueca simbólica. Una salida posible es promover una insurrección a la manera de Ghandi, con muchachos como vos. Una rebelión de brazos caídos que derrumbe este modo de vivir donde los bancos han reemplazado a los templos.Esta rebelión no justifica de ningún modo que permanezcas en una torre, indiferente a lo que pasa a tu lado. Ghandi advirtió que es una mentira pretender ser no violento y permanecer pasivo ante las injusticias sociales. Por el contrario, creo que es desde una actitud anarcocristiana que habremos de encaminar la vida.
Ya no quedan locos, se murió aquel manchego, aquel estrafalario fantasma en el desierto. Todo el mundo está cuerdo, terrible, monstruosamente cuerdo.

Esta locura, cuya ausencia León Felipe lamenta, es un acto similar a la del estoico Guevara, cuando abandonó todas las comodidades y partió hacia una lucha insensata en la selva boliviana, enfermo de asma, ya sin remedios para su mal; para terminar asesinado por despiadados y repugnantes bichos. ¿Qué importa si se equivocaba con el materialismo dialéctico? Eso mismo prueba su inocencia, su autenticidad. Luchaba por aquel Hombre Nuevo que hoy nos urge rescatar de los escombros de la historia. En su carta final les dice a sus padres: “Queridos viejos, otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo a mi camino con mi adarga al brazo”; y entonces sale en busca de lo que Rilke llamaría su muerte propia. Esa es su grandeza, que algunos consideran su chiquilinada, su tontería; pero estos gestos de heroísmo demencial son los que nos rescatan de tanta iniquidad, porque no se puede vivir sin héroes, santos ni mártires. Como esos estudiantes que en la plaza de Tian-An-Men, en una horrible masacre, murieron al imponerse ante el implacable acero de los tanques. Son ellos los que nos indican los caminos por los que la vida puede renacer.Vivimos un tiempo en que el porvenir parece dilapidado. Pero si el peligro se ha vuelto nuestro destino común, debemos responder ante quienes reclaman nuestro cuidado.

Hace poco he visto por televisión a una mujer que sonreía con inmenso y modesto amor. Me conmovió la ternura de esa madre de Corrientes o del Paraguay, que lagrimeaba de felicidad junto a sus trillizos que acababan de nacer en un mísero hospital, sin abatirse al pensar que a éstos, como a sus otros hijos, los esperaba el desamparo de una villa miseria, inundada en esos momentos por las aguas del Paraná. ¿No será Dios que se manifiesta en esas madres? ¿Por qué tendría que manifestarse sólo en poetas como Juan de la Cruz o en las sagradas pinturas de Rouault?

Si toda la resistencia parece absurda cuando se presiente el fin, ¿por qué no detenernos a meditar en estos santos? ¿Acaso no son una muestra de que algo existe del otro lado del absurdo?

No sabemos si al final del camino, la vida aguarda como un mendigo que nos extenderá la mano.

Esta fe demencial, o milagrosa, se debe precisamente a que hemos llegado a tocar fondo. Es necesario preservar los lugares que existen hasta en los suburbios de las grandes ciudades, donde aún se conservan los atributos del hombre concreto de carne y hueso.

Cuando el mundo hiperdesarrollado se venga abajo, con todos sus siderántropos y su tecnología, en las tierras del exilio se rescatará al hombre de su unidad perdida. Y quizá, cuando despertemos de esta siniestra pesadilla, cuando un vacío de humanidad nos duela en el pecho, entonces recordaremos que alguna vez fuimos aquello que dijo René Char: “Seres del salto, no del festín, su epílogo”.

Me hablás de tu agitación, de una especie de temblor que te sobrecogió y aún perdura, luego de nuestra conversación en aquel café, al oirme decir estas palabras.

Debés perdonarme; a pesar de los años, no puedo evitar ser desmesurado en lo que considero fundamental.Por otro lado, ¡hay temblores que son tan importantes! Porque anteceden a esa clase de decisiones que sacuden los cimientos de nuestra existencia y, aunque generen incomprensión, terminan repercutiendo en el destino de los demás. Los grandes creadores realizan sus obras bajo tensiones similares. Sólo lo que se hace apasionadamente merece nuestro afán, lo demás no vale la pena.También yo quise huir del mundo. Ustedes me lo impidieron, con sus cartas, con sus palabras por las calles, con su desamparo.

Les propongo entonces, con la gravedad de las palabras finales de la vida, que nos abracemos en un compromiso : salgamos a los espacios abiertos, arriesguémosnos por el otro, esperemos, con quien extiende sus brazos, que una nueva ola de la historia nos levante. Quizá ya lo esté haciendo, de un modo silencioso y subterráneo, como los brotes que laten bajo las tierras del invierno.

Algo por lo que todavía vale la pena sufrir y morir, una comunión entre hombres, aquel pacto entre derrotados. Una sola torre, sí, pero refulgente e indestructible.

En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche. Lean las cartas que Miguel Hernández envió desde la cárcel donde finalmente encontró la muerte :
Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra: la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a través de toda la tierra.

Piensen siempre en la nobleza de estos hombres que redimen a la humanidad. A través de su muerte nos entregan el valor supremo de la vida, mostrándonos que el obstáculo no impide la historia, nos recuerdan que el hombre sólo cabe en la utopía.

Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.

jueves, 13 de agosto de 2009

Dónde van las palabras que no se dijeron


Sabes a donde van las palabras que no se dijeron?
A donde va lo que queres hacer y no haces?
A donde va lo que queres decir y no decís?
A donde va lo que no te permitís sentir?
Nos gustaría que lo que no decimos caiga en el olvido, pero lo que no decimos se nos acumula en el cuerpo, nos llena el alma de gritos mudos.
Lo que no decimos se transforma en insomnio, en dolor de garganta.
Lo que no decimos se transforma en nostalgia, en destiempo.
Lo que no decimos se transforma en debe, en deuda, en asignatura pendiente.
Las palabras q no decimos se transforman en insatisfacción, en tristeza, en frustración.
Lo que no decimos se transforma en trauma, en veneno que mata el alma.
Lo que no decís te encierra en el pasado. Lo que no decimos se transforma en herida abierta.
Lo que no decimos no muere, nos mata.
Capítulo 63 Casi Ángeles Telefe Bs.As. Argentina

miércoles, 1 de julio de 2009

Alberto Morlachetti

Un hombre solo contra la mafia y la miseria
El primer aviso mafioso llegó un viernes. Ocho hombres prolijos, bien vestidos y armados para una guerra tomaron por asalto el taller de la escuela gráfica de los chicos pobres, los amenazaron de muerte y se llevaron unos pocos pesos. Una seguidilla de atentados, secuestros e intimidaciones sin culpables hasta ahora.

Por Jorge Fernández Díaz*
El segundo aviso fue dado casi tres meses después: encapuchados secuestraron a un adolescente de la Obra Juan XXIII, lo pasearon en un auto bordó y le advirtieron que quemarían tres edificios de la Fundación Pelota de Trapo.
Sesenta días más tarde enviaron el tercer aviso. Levantaron de la calle a un educador, lo metieron en una Ford EcoSport y le dijeron: "Alejate de esa campaña de mierda contra el hambre; éste es el último aviso". Lo golpearon fuertemente, le apuntaron con una pistola y lo dejaron a quince cuadras de la estación Gerli.La tercera fue la vencida, y entonces Alberto Morlachetti, creador de esa fundación famosa, coordinador del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo e impulsor de la campaña nacional "El hambre es un crimen", se convenció de que la mafia no se detendría y que todos estaban en peligro de muerte.No se equivocaba. Desde ese momento ocurrirían todavía cinco ataques más. Interceptaron a una docente en Temperley. Luego raptaron, golpearon y le realizaron perversas heridas leves con un cúter en brazos y piernas a otra educadora de ese movimiento humanitario. A los diez días se la llevaron de nuevo en José C. Paz, la narcotizaron y la dejaron tendida boca arriba en una plaza frente al cementerio de Chacarita. Lo mismo hicieron con otro maestro de un hogar para niños, que apareció tirado en plaza Constitución, y también con un voluntario que dejaron libre en el hipermercado Coto de Lanús después de un viaje de miedo y aprietes.La razón de tanto ensañamiento es, aunque resulte increíble, una campaña pacífica pero multitudinaria que se lleva a cabo en todas las provincias y que tiene un fin noble: difundir la demencial hambruna por la que pasan millones de argentinos. La noticia llegó hace unos meses hasta el diario El País de Madrid, que comenzaba el artículo con esta estadística: "Ocho niños menores de cinco años mueren por desnutrición al día en la Argentina, uno de los mayores exportadores de alimentos del mundo".El protagonista de esta movida no gubernamental y de esta campaña amenazada es un hombre singular que empezó como canillita, estudió sociología en la Universidad de Buenos Aires, dedicó su vida a los chicos pobres porque él mismo lo fue, y está sentado ahora frente a mí, en una casa de Avellaneda, adonde va Serrat de vez en cuando a tomarse unos mates y donde el Viejo -así le dicen todos con cariño- fuma indolentemente un cigarrillo tras otro.Bordea los 66 años, tiene cáncer de próstata y arde en deseos de terminar el tratamiento y estar mejor para volver a vivir en la sede de la Fundación porque extraña terriblemente a los niños. Le señalo el cigarrillo y Alberto se ríe: "Fumé toda la vida, esto no tiene nada que ver con la próstata". Así que no me jodas, pudo haber agregado, pero se guarda el pensamiento por cortesía de recién conocido.Vengo a contar su historia, y el Viejo lo sabe. Pocas veces accede a notas. No le gusta la exposición y me pide que no abunde demasiado en su enfermedad porque hay buenos pronósticos y porque no quiere aparecer vulnerable ante sus "hijos". Se lo ve bien, lúcido y afable. Los secuestros del año pasado se detuvieron misteriosamente, pero todavía siguen enviando de vez en cuando mensajes intimidatorios a sus celulares. ¿Quiénes son? ¿Quiénes pretenden desarticular una idea que busca concientizar sobre el gran drama argentino? ¿Existe una especie de nueva Triple A en la provincia de Buenos Aires? No hay respuestas, y entonces yo le pido que me cuente algo. Me cuenta una vida.Morlachetti nació en el campo, pero su patria es Avellaneda. Vivía en un conventillo, en el tiempo del empedrado y el tranvía, cuando esa zona todavía estaba cruzada por la ética del trabajo. Alberto andaba todo el tiempo en la calle. "Hay delitos que para los pobres nunca prescriben -me dice recordando correrías que no quiere precisar-. La pobreza es dura, una cicatriz abierta."Todavía existía el gallego del café de la esquina que lo escondía de la policía o le daba algo para comer. Igualmente recuerda esa sensación inolvidable: tener hambre, padecer ese dolor de estómago vuelto amargura y desesperanza. Alberto se salvó de lo peor porque sus padres lo mandaron al colegio y porque en el puesto de diarios se hizo adicto a la lectura. Pero muchos de sus compañeros se quedaron en el camino: "La pobreza no es una elección -me explica como si hiciera falta en esta sociedad frívola-. La pobreza es una imposición: te pone una pistola en la cabeza".Alberto tiene una pena inmensa por esos pibes que no pudieron salir del laberinto. "A mis amigos les saquearon las palabras", me dice. La lucidez del lector, la posibilidad de amueblar la vida con libros, lo rescataron a él de un destino trágico. En su adolescencia, leía de todo: diarios, revistas, libros; Camus, Marx, el Nuevo Testamento. Y se quedaba en los potreros del crepúsculo pensando que era posible construir un paraíso en la tierra.De forma natural, comenzó a organizar partidos de fútbol y después campeonatos, y a dirigir a equipos con chicos de la calle. Todavía era muy pobre cuando se anotó en la UBA y estudió sociología. Trabajaba y estudiaba y era un exotismo en el barrio. Alberto era sesentista. Los años 60 eran los años de los sueños. Pero su madre era católica. Le dejó un legado preciso: "Cuando algún día la vida te trate duramente, tomá la mano de un pobre".Gracias al fútbol Alberto arrancó con su plan. Creó primero los "sábados de chocolate": partido y chocolatada con facturas, que garroneaba en panaderías del barrio. No lo hacía como una cuestión política ni por simple caridad. Lo hacía con amor legítimo por esos chicos, que provenían de villas, de orfandades, de la nada oscura. Lentamente, comenzaron a plegarse clubes, sociedades de fomento, vecinos.El Viejo era joven, pero sabía perfectamente que debía construir un territorio. Lo hizo. Con rifas, con donaciones, con trabajos y rebusques, logró comprar dos lotes y levantar la Casa del Niño de Avellaneda. Desde ese dificultoso comienzo hasta ahora han pasado cerca de treinta años. Hoy tienen una imprenta, una panadería, dos hogares, una granja, bibliotecas, consultorios y sobre todo una organización nacional donde comparten alegrías y fuerzas con otros trescientos emprendimientos solidarios de todo el país, como la Red El Encuentro, de José C. Paz, o el Hogar Juan XXIII, de Avellaneda.Cuando en los inicios Alberto Morlachetti abrió la sede de la Fundación y se mudó a ella con chicos de la calle, todo el mundo le decía que estaba loco. ¿Cómo era posible que alguien con tanta capacidad intelectual, que era docente universitario y había leído a Marcuse y seguido de cerca los textos de la Escuela de Francfort perdiera el tiempo en esos menesteres y se pusiera a tiro de esos chicos difíciles? Más allá de las convicciones, estaba la íntima necesidad de compartir su vida con aquellos niños de modales distintos y problemáticas duras pero que sabían querer mejor que nadie.Los primeros fueron recogidos de cuevas indignas ubicadas detrás de la Facultad de Derecho. Alberto les dio cobijo, instrucción, horizonte y certidumbre. En 1977, comenzó el aluvión de los chicos callejeros, y Pelota de Trapo dio refugio a muchos de ellos. Alberto era el "padre" de todos y, al principio, tragaba saliva, en medio de sus contradicciones. Esos niños bravos tenían costumbres salvajes y lenguaje áspero. "Yo tuve que aprender de ellos -me dice-. Tuve que aprender para enseñarles."Se enfrentó a la droga, que antes era la cocaína y el Poxiram y hoy es el paco, y a la prepotencia de la policía y sobre todo al prejuicio social. Morlachetti presenció, a lo largo de estas décadas cómo se dinamitaban en la Argentina los puentes de comunicación entre los grandes y los chicos de todas las clases sociales, y también cómo la sociedad iba colocando al niño en el lugar de victimario y enemigo público."Cuando un chico comete un error no es hora de estigmatizarlo y castigarlo con rigor sino de abrazarlo fuerte -explica-. A veces algunos de esos actos desesperados (no me refiero por supuesto a los homicidios ni a violencias graves) son incluso un buen signo. Un gesto de vida. Esas conductas violentas, transgresoras, antisociales, son una esperanza, como dice Winnicot, un notable de la psiquiatría. Mirá, los pibes librados a su suerte, los chicos abandonados, son un tema muy complejo. Si construir un vínculo no es algo espontáneo ni con el recién nacido, cuando toda la historia está por escribirse, ¿cómo se va a gestar un vínculo con el chico de la calle cuando en su historia nada pasó por seducirlo para la vida sino todo lo contrario? Suelto de madre es necesario domiciliarlo en un vínculo amoroso. No hay pedagogía sin ternura."No puedo sino pensar en las noticias violentas que tienen a los menores como protagonistas absolutos. Pero también percibo, como en un ramalazo de luz, dos cosas: este hombre no es meramente un teórico, y como el padre Pepe de la Villa 21 y tantos otros soldados laicos o religiosos, políticos o apolíticos, de derecha o de izquierda, como tantos héroes en la trinchera de la miseria y el hambre, Alberto Morlachetti sabe de lo que habla aunque intente sacar el agua de un bote agujereado con la ayuda de un pocillo. Está solo en medio del mar. El Estado no lo acompaña más que con algunas becas y subsidios menores. El Estado no está ni para la foto. Sigue adelante con los médicos de la Fundación Garrahan, con donaciones y sobre todo con la buena voluntad de la gente.
Las grandes tesorerías de la política de cualquier signo faltan a la cita. Tal vez con esas tesorerías se podría practicar con eficiencia y masividad la política de la paciencia y la ternura, y no la ley de la reja y el gatillo. Pero más allá de discursos progresistas, hoy no hay plata para eso. Se ve que la plata rinde más en otro lado.Muchos de aquellos niños rebeldes que al Viejo le daban dolores de cabeza hoy son señores con oficios y cargos bien rentados en empresas. Le traen ahora a sus nietos y le cuentan sus progresos. Son hombres hechos y derechos con la cultura del trabajo totalmente incorporada. Alberto recuerda cuando tenía que retarlos, cuando los esperaba despierto toda la noche hasta que volvían, cuando afrontaba con preocupación y a veces con humor sus diabluras."Una vez vienen a contarme que en una excursión uno de mis chicos, Ernesto, había robado manzanas de un puesto -recuerda con una sonrisa lluviosa-. Lo agarré al pibe y le dije: ¿cómo se te ocurre hacer eso? Momento, Alberto -me contestó-. No es así. Yo vi las manzanas rojas y sentí que me llamaban. "Ernesto, lleváme. Ernesto, lleváme", me decían las manzanas. Yo no las robé, sólo accedí a lo que me pedían." Ernesto hoy es fotógrafo y sigue cantando tangos, y tiene una buena familia. Era, en aquellos viejos tiempos, un residuo de la sociedad.No piensa el Viejo que no haya que castigar el delito. Todo lo contrario: sostiene que se debe ser duro. Pero introduce una salvedad: "Los delitos grandes no los hacen los chicos". Le asombra el poco conocimiento que tienen los funcionarios sobre la problemática de la minoridad carenciada. Le dan vergüenza ajena. Y lo asusta que, comparados a los primeros chicos que él sacó del pozo, los pibes de esta década están más empobrecidos. Ahora el paco directamente los discapacita. "La droga, más allá del lucro, es funcional al sistema de dominación", dice enojado.De pronto irrumpe en esa casa el hijo de una colaboradora cercana. Es un niño pequeño y Alberto deja la entrevista y la frente arrugada para abrazarlo y jugar con él con una felicidad impúdica. Es tan feliz ese hombre viejo con ese niño sonriente que quedo descolocado, como el involuntario voyeur de una intimidad sublime. Me doy cuenta en un gesto cuánto amor hizo falta para levantar todo esto. Y que ese amor no es impostado y racional, sino un torrente natural que le viene de muy adentro al canillita que se volvió campeón.
Luego nos recomienda que visitemos la panadería que levantaron en una esquina pelada. Quisiera venir con nosotros, pero el tratamiento lo tiene cansado. Los chicos de Alberto están, a esa hora, en la trastienda con el repostero. Preparan manjares. Los miro y me pregunto quién podría querer dañarlos. ¿Quiénes secuestraron, golpearon y amenazaron a esas personas buenas? ¿Quiénes envían todavía amenazas de muerte a celulares? ¿Existen incipientes escuadrones de la muerte en la provincia de Buenos Aires? ¿A quién beneficia callar la verdad?
El hambre es un crimen. Qué duda cabe. Una panadera de 17 años se sube a un banquito y anota, en un pizarrón donde hay una receta de pionono, esta frase: "Aquí no sólo se amasa el pan. Cobran sentido nuestros sueños. Echan a andar nuestros proyectos. Amasamos el país que amamos".
Deja el lápiz. Está prolija y orgullosa. Alguna vez esta chica tuvo la mirada opaca y fría. Pero ahora me mira con ojos brillantes. Asiento con la cabeza y salgo a la intemperie. Pienso en el Viejo.Tiene que recuperarse rápido, Viejo, hay mucho trabajo. No me falle. Cae la tarde sobre Avellaneda.
Alberto Morlachetti, es el creador de la Fundacion Pelota de Trapo. Tiene 66 años, es ex canillita, sociólogo de la UBA, creador de esa fundación e impulsor de la campaña nacional El hambre es un crimen. Fundó hogares, cooperativas, jardines maternales, consultorios para carenciados, escuelas de oficio, granjas y redes sociales. Fue premiado y reconocido por Alemania, Suecia, Estados Unidos, el Instituto Bet-El, la Organización Mundial de la Salud, las Naciones Unidas y muchas instituciones argentinas y latinoamericanas. La Comunidad de Madrid le dio el Premio Infancia.
Para comunicarse hay que enviar e-mails a http://www.pelotadetrapo.org.ar/

martes, 16 de junio de 2009

Desatar las voces,


desensoñar los sueños: escribo queriendo revelar lo real maravilloso, y descubro lo real maravilloso en el exacto centro de lo real horroroso de América.
En estas tierras, la cabeza del dios Eleggúa lleva la muerte en la nuca y la vida en la cara. Cada promesa es una amenaza; cada pérdida, un encuentro. De los miedos nacen los corajes; y de las dudas, las certezas.
Los sueños anuncian otra realidad posible y los delirios, otra razón.
Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, quietecita en la vitrina, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día.
En esa fe, fugitiva, creo. Me resulta la única fe digna de confianza, por lo mucho que se parece al bicho humano, jodido pero sagrado, y a la loca aventura de vivir en el mundo.
Eduardo Galeano, del El Libro de los Abrazos Celebración de las contradicciones

martes, 7 de abril de 2009

Vivir el Evangelio



La droga “está instalada con fuerza” en las villas miseria de la ciudad, advirtieron sacerdotes porteños. Además, denunciaron que en esos asentamientos urbanos el consumo “está despenalizado de hecho” y que nada hacen las autoridades por los adolescentes y jóvenes que tienen “veneno en sus manos”.
http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=21288

Di Paola es concluyente sobre la actitud de los vecinos: "Aquí encontré más respeto que en un colegio privado porque cuando estoy dando una charla en la calle y alguien se pone a hablar le dicen: ''callate, que está hablando el padre''. Todos los que pasan por la iglesia se persignan".
http://www.santalucia.org.ar/notas/070509.htm

- ¿Qué aprendiste?
- Que muchas cosas que me enseñaban en la teoría acá se dan en la práctica. Por ejemplo, la Solidaridad. Eso que dice la Madre Teresa: `Dar hasta que duela´. Una cosa es dar lo que sobra. Y otra es que tengas hambre y le des la mitad del plato al otro. Eso me lo enseñó la gente acá. Ve un chico de la calle y no llama a la policía para sacárselo de encima, le trata de dar aunque sea una fruta. Hay un enfermo en su familia y no busca un lugar donde meterlo. Achica su casa ya chica y lo cuida ahí.
http://www.gacemail.com.ar/Detalle.asp?NotaID=8644

jueves, 26 de febrero de 2009

Tiempo de cuaresma


Un viejo cacique tenía una charla con sus jóvenes nietos. Ellos querían saber por qué había guerras y hambrunas, por qué los hombres destruían lo mismo que antes habían construido, etc. etc.
Entonces, el abuelo les contó un cuento: Dos lobos pelean en nuestro corazón desde el comienzo de la vida les dijo. Uno de los lobos es, temor, ira, envidia, dolor, rencor, avaricia, arrogancia, culpa, resentimiento, inferioridad, mentiras, orgullo, competencia, superioridad, egolatría; es la maldad. El otro es, alegría, paz, amor, esperanza, serenidad, humildad, dulzura, generosidad, benevolencia, amistad, empatía, verdad, compasión, fe; es la bondad. Esta pelea tan antigua, también, está ocurriendo ahora mismo en sus jóvenes corazones, ocurre dentro de todos nosotros.
Los muchachos se miraron, y uno preguntó: Abuelo ¿Cuál de los lobos ganará?
El viejo cacique respondió "AQUEL QUE ALIMENTES".

domingo, 22 de febrero de 2009


No he dejado de creer en el poder de los abrazos, ni de soñar. No cerraré la matera “por derribo” seguiré esperándolos, aunque “éste bálsamo no cure cicatrices”.
El verbo olvidado
Por Sergio Sinay

Cuenta la doctora Elisabeth Lukas (alemana, discípula dilecta del médico y filósofo Víktor Frankl), que por mucho que indagó, exploró y buscó en todo el mundo, no encontró un solo tratado acerca del valor terapéutico y sanador de la palabra gracias. No se refiere Lukas, según lo aclara, a la formalidad o al automatismo conque empleamos el “gracias” de acuerdo con las buenas costumbres, sino a un agradecimiento activo y vivencial. Unas gracias en el que un Yo y un Tú hacen un contacto esencial y crean un momento trascendente en la trayectoria de ambos. Se trataría, en fin, de una verdadera acción de Gracias, en sentido literal. No un agradecimiento recitado, declamado, sino convertido en acto.
Si la doctora Lukas hubiese continuado con su indagación (no me consta que no lo haya hecho) se habría encontrado, quizás, conque tampoco existe mucha literatura ni demasiada indagación rigurosa acerca de una formulación similar de nociones como perdón y amor. En pleno conflicto con el campo, la Presidenta de la Nación, en uno de sus monólogos autistas, descalificadores hacia cualquier pensamiento diferente del suyo, dijo, al pasar, en un tono que en mis oídos sonó irónico, “pido perdón si alguien se ofendió” y, a continuación, volvió a herir a aquellos a quienes pedía disculpas. Lo hizo al referirse a la actividad de los mismos (la agropecuaria) con un notable desconocimiento del tema. En ese pedido no había un destinatario claro ni un reconocimiento de cuál era la ofensa (si pido perdón es porque sé cómo lastimé). Decía el gran filósofo existencialista israelí Martín Buber que el monólogo es un vínculo que una persona establece con un fin meramente utilitario. El diálogo, en cambio, señalaba Buber, es una relación en la que cada persona confirma el valor de la otra. Es decir, la registra, le da entidad. Es muy difícil pedir perdón cuando se está instalado en un monólogo. En realidad, no es difícil pedirlo, pero es casi imposible convertirlo en una “acción de Perdón”, como Lukas hablaba de las acciones de Gracias.
Decir “gracias”, pedir “perdón” y declarar “te amo” son, a poco que se observe, tres de las cosas más fáciles del mundo. Lo que resulta de veras difícil, lo que da valor y trascendencia a nuestros actos es convertir esas declaraciones en acciones. Pasar del sustantivo al verbo. Y, sobre todo, conjugar el verbo en el tiempo adecuado. La gratitud es tal cuando se convierte en acciones del agradecido, en hechos concretos, en gestos y actitudes que cruzan el puente del vínculo y, al hacerlo, consolidan ese puente. El amor es tal cuando se manifiesta en actos de amor que le lleguen al amado de un modo en el que éste los reciba como una palpable realización del sentimiento. Pero esos actos no quedan librados a la discreción del que ama. Es necesario que éste tome contacto real (visual, auditivo, emocional) con el amado, que lo reconozca y lo respete. Sólo así podrá saber qué necesita como amor el amado y se nutrirá el vínculo afectivo.
Otro tanto ocurre con el perdón. Es fácil decir “perdón” y continuar lacerando, ya sea conciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente. El antídoto posible contra esto es, si de veras reconocemos la herida que hemos causado, convertir aquel enunciado en un acto de reparación. Pero, nuevamente, si he dañado a alguien no será reparador lo que yo considere como tal, sino lo que la herida necesite para sanar. Una vez más, esto requiere que el otro (el lastimado) sea tenido en cuenta, sea escuchado, y que su perspectiva sea respetada aunque no coincida con la mía. Si puedo hacer esto con sinceridad, aún me espera un riesgo. El de que, desde el lugar de aquel a quien herí, mi ofensa no tenga reparación posible. Y también con esto a veces hay que aprender a vivir y a continuar trabajando por un vínculo. Considerar las gracias, el amor y el perdón sólo en mis propios términos y darlos por expresados a partir de eso, me convierte en un monologuista, excluye al otro, empobrece o cancela los vínculos y, en definitiva, me deja aislado en un escenario de sordos y ciegos sustantivos.
Agradecer. Amar. Reparar. Acaso se trate de los tres verbos más poderosos en la construcción, el mantenimiento y el enriquecimiento de las relaciones humanas en todos sus niveles, desde los más íntimos y privados hasta los más públicos y sociales. Verbos cuyo aprendizaje requiere responsabilidad, sensibilidad, humildad, empatía y compromiso. Verbos sin cuya conjugación el escenario humano se empobrece hasta la indigencia espiritual, emocional y afectiva. Verbos que cuando son remplazados por el mero sustantivo (gracias, amor, disculpas) lejos de crear confianza y acercamiento en los vínculos, nos alejan a los unos de los otros, nos convierten casi inadvertidamente en medios el uno del otro, nos hacen olvidar que una persona debiera ser siempre para la otra un fin en sí mismo.
Estos conceptos se amplifican cuando la acción de uno o unos pocos lastima a muchos. Allí ya no hay espacio para el sustantivo. Es el tiempo del verbo. O sólo quedará el monólogo, el vínculo utilitario, la ruptura de la trama humana. Perdón, otra palabra que, en boca de un político en funciones, queda vacía de contenido.

martes, 17 de febrero de 2009

"Hacer lo que hay que hacer, teniendo al otro en el horizonte"

Una persona moral
El lunes 16 de febrero Mep Gies cumplió cien años. En un mundo sin memoria, devorado por la inmediatez y la fugacidad, su nombre seguramente escapa al conocimiento y a la atención de una abrumadora mayoría de personas. “La gente” (como gustan decir los políticos, los publicistas, los fomentadores de consumo idiotizante, los comunicadores sin pensamiento propio o crítico y los gerentes de canales de televisión), aprende rápido los nombres de pequeños, banales y efímeros “ídolos” de la farándula o el deporte comercial. Tan rápido como los olvida. Mep Gies no es uno de esos personajillos. Ella es la mujer que durante dos años ocultó a Ana Frank y a su familia de los nazis. Ella arriesgaba su vida llevándoles víveres, libros, noticias y esperanzas al altillo en el que vivían. Ella arriesgaba su vida junto a esos fugitivos. Ella y un pequeño grupo de empleados de Otto Frank a quienes Mep guiaba. Ella rescató el diario de Ana y lo conservó. Gracias a ella ese invalorable testimonio humano existe. Mep Gies dice y repite (quien quiera oírla puede ver el bello film Freedom Writers, donde aparece en persona junto a la gran Hillary Swank) que sólo hizo “lo que tenía que hacer”. Eso, justamente, nos convierte en seres morales. Hacer lo que hay que hacer, teniendo al otro en el horizonte. Mep Gies es un ser moral en un mundo atravesado por la inmoralidad. Cumplió 100 años y está bien. Habla, lee las cartas que recibe. Vive. Y saberlo es conmovedor.
http://www.sergiosinay.com/

lunes, 8 de diciembre de 2008

Reflexiones para Adviento

Cuando leí el mail que me reenvía Gabriela S, recordé las palabras de Mauricio Gidekel en El Desafío de vivir.
“Si habitáramos una isla, una pequeña isla en un archipiélago de innumerables islas con las que reconociéramos rasgos de hermandad, dos actitudes podríamos tomar: sentarnos a llorar por que jamás constituiremos un solo bloque macizo, o construir nuestros precarios puentes, tratando de hacerlos cada vez menos endebles, cada vez mejores”
Gracias Gabi por este puente

"Los cristianos de la Iglesia Católica hemos comenzado nuestro Adviento, con un texto de Isaías dicho con esa valentí­a de los profetas libres: "Nos hemos convertido en una cosa impura, toda nuestra justicia es como un trapo sucio" (Isaías 64). Al leerlo, me dije "pero que coincidencia la de Isaíass con nuestra realidad de hoy, esto es tal cual". Y de inmediato me vinieron a la mente tanta ilegalidad, abusos, arbitrariedades cometidas y que se cometen como la matanza de más de 500 Pilagás en Rincón Bomba en 1947, Antoliano Figueredo, Marcelo Vega, Rosa Salinas, la comunidad Toba Qom de La Primavera , la persecución al Padre Pessuto y por tanto a la Iglesia , por defender los derechos de los pobres, el caso de La Florencia que desde 1900 es tierra de especulación que se compra y vende con indí­genas y criollos dentro como si fueran conejos y los 5 detenidos por reclamar sus derechos, los Wichí­ que piden justicia y vivienda en Ing. Juárez, los muertos en las rutas como en la 81 aún sin justicia, la no aplicación de leyes provinciales y nacionales como por ejemplo la ley de bosques nativos 26.330 y la destrucción y ecocidio a cara descubierta de los montes formoseños, la no aplicación de la ley 26.160 de ordenamiento territorial para comunidades indígenas, los humildes criollos y campesinos que tuvieron que abandonar sus tierras "porque no tienen los papeles en orden" y no hay ley que los proteja o quedaron indefensos en sus tierrasy si vamos más allá: Skanka, coimas en el Senado, las armas contrabandeadas a Croacia y Ecuador, el robo y la corrupción en la administración pública y en tantas empresas y no sigo porque verdaderamente el trapo está sucio. ¿Quién no lo sabe? ¿Quién no conoce? éstas y muchas otras situaciones de injusticia e impunidad que gritan?,¿Quién no sabe que para los pobres no hay justicia? ¿Quién? Los ciudadanos, sí­ lo sabemos y por eso lo decimos con abogados, presentando casos y casos ante la justicia, con marchas por las calles y pueblos, con organismos de derechos humanos, con las organizaciones del pueblo, con la prensa y los medios de comunicación social... y lo seguiremos haciendo. Pero cuando reclamamos justicia, la trama de las alianzas espurias y adulteras de los 3 poderes entre sí­ se fortalecen aún más, parecen vencer la justicia y favorecer la injusticia. No es a nosotros a quienes corresponde hacer justicia porque somos un paí­s democrático montado sobre 3 pilares fundamentales que hacen a la esencia de nuestra convivencia y sostienen el edificio social. La amenaza, el miedo, la indefensión jurí­dica, la ausencia y trabas en la investigación, la impunidad de los casos de violación de los derechos humanos y de los derechos indígenas, el abuso policial, las limitaciones a la libertad de expresión, la cobertura para con los vinculados al poder, los falsos testigos, la persecución a quien piensa distinto deterioran el estado de derecho. Que no es sólo la vigencia formal de las instituciones democráticas sino el cumplimiento real del pacto social expresado en la Constitución Nacional y las Constituciones Provinciales. Es cierto, que la prepotencia del poder y nuestra propia impotencia nos quitan fuerzas, nos deprimen, nos tientan a dejarlo todo y a seguir siendo pasivos habitantes y activos socios del club "no te metas". Pero mientras tanto, ¿que hacemos con el trapo sucio? Ahí­ está y huele.Pues al trapo se lo lava. Y adviento viene a ser esto, una invitación a lavar para quitar "toda cosa impura" en todos los órdenes de la vida y a permanecer en vela estando prevenidos como dice el evangelio. Una invitación abierta a hombres y mujeres de buena voluntad, a soñadores, a constructores de la paz, a los que creemos en los nacimientos de cada dí­a, a dejar los caminos de la comodidad y el no te metas, de la mentira y la hipocresí­a, de los enredos y componendas, de la indiferencia y la complicidad y a nacer a la novedad de una vida nueva, porque otro mundo es posible. Navidad es eso, el nacimiento de un Niño que trae una Buena Noticia de Vida nueva. Y ahí­ viene el regalo de este Adviento. Nuestra esperanza se basa en la presencia fiel de nuestro Dios inquebrantable, que una y otra vez, en medio de los Herodes de la historia, hace nacer la alegrí­a, la fraternidad, la paz y la esperanza.Esta fuerza de la esperanza del Adviento, nos hace mirar hacia adentro de nuestro propio pozo y mirar en lo profundo de nuestra historia personal, familiar y ciudadana. Nos hace descubrir contemplativamente, el aroma de Dios en tantas manos y vidas hermosas que luchan y dan su vida por la justicia, la verdad y la paz. Los Obispos Católicos nos acaban de invitar a todos los que habitamos esta bendita tierra a trabajar "hacia un bicentenario en Justicia y Solidaridad" (96 Asamblea plenaria de la CEA 14/11/2008). Y entre las metas que proponen señalan la de "Fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones de la sociedad. Aunque a veces lo perdamos de vista, la calidad de vida de las personas está fuertemente vinculada a la salud de las instituciones de la Constitución, cuyo deficiente funcionamiento produce un alto costo social.Resulta imprescindible asegurar la independencia del poder judicial respecto del poder político y la plena vigencia de la división de los poderes republicanos en el seno de la democracia. La calidad institucional es el camino más seguro para lograr la inclusión social. Asimismo, debemos fortalecer a las organizaciones de la sociedad"
Padre Francisco Nazar - Las Lomitas, Formosa. 1º de diciembre de 2008

El puente está tendido... http://ar.geocities.com/sos_indigena/Rep_Period/la_manana_30_08_02.html
http://amraformosa.blogspot.com/2007_11_01_archive.html

sábado, 22 de noviembre de 2008

Última Certeza

"Soy una ola de tu océano
rodando en la superficie de la historia.
No sé si acabaré mis días
rompiéndome en pedazos
contra el acantilado hostil,
o si me iré extinguiendo
como espuma sobre la playa serena.
No sé si seré una protesta
explotada como un trueno
ante tanto arrecife de injusticia,
o si me agotaré en paz
entre la arena tibia
del pueblo que me acoge.
No sé si volveré a ti
roto en mil gotas desangradas,
o si me fundiré contigo
en la intimidad de la bahía.
Pero es mi saber más hondo,
que ya ahora recibo de ti
desde el fondo del océano,
todo el vigor que me construye
y todo el impulso del viaje."
Benjamín González Buelta S.J

Aclaración: La foto de este maravilloso atardecer en Jerusalén la “tome prestada” de un blog amigo Vitu Landia, mejor dicho el blog de mi pariente Raúl Viturro, cordobés con raíces en General Guido.

domingo, 9 de noviembre de 2008

"...los medios no lo informan. Los políticos ni se dan por enterados"

Las cosas de Pedro
05/11/08
Por Miguel A. Semán

I

(APe).- Pedro Oyarse murió pocos días antes de cumplir 13 años. El martes 14 de octubre, a las ocho de la noche, estaba vendiendo flores en la esquina de 8 y 48 en La Plata y alguien le hizo un tajo en la espalda con una botella rota. Ahí empezó el silencio. Pedro se desvaneció y ya no pudo hablar con nadie. Un patrullero lo encontró tirado en la calle y los policías lo llevaron al Hospital Gutiérrez donde lo operaron de urgencia. Pero ya había perdido demasiada sangre y murió el 17 de octubre a las tres de la mañana. La policía detuvo por el homicidio a un chico de 14 años, que tenía más de veinte entradas y era miembro de la banda de La Glorieta. En realidad la policía detuvo a una de las tantas sombras que recicla el sistema. Un fantasma que pocos días antes había salido de un hogar de abrigo donde estuvo internado por su adicción a las drogas. Volvió a la calle, mató a Pedro, y desde entonces está alojado en una comunidad terapéutica de la provincia de Buenos Aires.

II

El tío de Pedro, José Martín Oyarse, no pidió ningún castigo ejemplar para el detenido, tampoco la reforma penal para que los pibes lleguen a las cárceles cada vez más temprano. Sólo dijo: “Yo fui un chico de la calle y estos chicos están en situación de riesgo. No pido castigos, pero sí que el Estado se haga cargo de ellos”. Pedro, vendedor de flores, arquero, hincha de Gimnasia, tenía 12 hermanos de entre 2 y 22 años. La familia y el tío, tutor de todos ellos, saben bastante de chicos y de calles. Será por eso que también saben sobrellevar el dolor. Algunos dirán que están acostumbrados a sufrir. No es costumbre. Es una forma distinta de estar en el mundo. Tan distinta que nos parece exótica. Es la forma de los malabaristas de semáforo. De los abrepuertas de estación. De los vendedores de flores y estampitas. A Pedro lo mataron por nada, por bronca, por ese odio sin nombre y sin cara, por el que se mata en estos días. No tenían nada que robarle. Sólo el tiempo de la vida, las ganas de cumplir los trece años, un día como este y una tarde y una noche de amor que nunca llegaron. Esas eran o tendrían que haber sido las cosas de Pedro, junto a las pocas monedas que llevaba en el bolsillo.

III

Cuando el que muere es un vecino que además de la propia vida tiene apellido, casa y coche, la sociedad reclama un resarcimiento. Quiere que se la cure, a cualquier precio, del miedo que le produce la violencia. Para eso exige que se baje la edad de imputabilidad, que se encarcele a mansalva y que se mate ante la primera sospecha si fuera necesario. Los medios fomentan la indignación colectiva y los políticos se suman al reclamo para no perder los votos de una clase media insegura y errática. Cuando muere un chico que ni siquiera es dueño de su propia vida, la sociedad no reclama nada, los medios no lo informan. Los políticos ni se dan por enterados. Entonces, en medio de esa soledad, lo único que puede nacer es la tristeza. La forma más pura y genuina del dolor. La tristeza del hombre ante la muerte. Sólo eso.

lunes, 1 de septiembre de 2008

PIENSA TAMBIÉN CON LOS PIES


Piensa también
con los pies
sobre el camino
cansado
por tantos pies caminantes.
Piensa también, sobre todo,
con el corazón
abierto
a todos los corazones
que laten igual que el tuyo,
como hermanos,
peregrinos,
heridos también de vida,
heridos quizá de muerte.
Piensa vital, conviviente
conflictivamente hermano,
tiernamente compañero.
Pedro Casaldáliga

domingo, 27 de julio de 2008

Atravesar las apariencias

Podemos estrechar
miles de manos
Y quedar solos,
llenos de sensaciones
En el borde de la piel

Una sola mano,
y sentir en ella
el calor absoluto

Podemos recorrer
muchos caminos
y quedar sin futuro
llenos de metros
en la planta de los pies

Podemos dar
un solo paso
y anticipar en él
el gozo de la meta

Podemos mirar
muchos paisajes
y quedar vacíos
llenos de imágenes
en la superficie del color

Podemos contemplar
un solo horizonte
y ver asomar en él
la plenitud del infinito

Benjamín González Buelta SJ

martes, 22 de abril de 2008

La Renovación del Aguila


Leyenda de los Cherockee

“El águila es el ave con mayor longevidad de esas especies. Llega a vivir 70 años; pero para llegara ésa edad, a los 40 debe tomar una seria y difícil decisión, porque sus uñas están apretadas y flexibles y no consigue tomar a sus presas, de las cuales se alimenta.
Su pico largo y puntiagudo se curva, apuntando contra el pecho. Sus alas están envejecidas y pesadas y sus plumas gruesas; volar se hace ya tan difícil!
Por tanto, el águila tiene solamente dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación que durará 150 días.
Este proceso consiste en volar hacia lo alto de una montaña y quedarse ahí, en un nido cercano a un paredón, en donde no tenga la necesidad de volar. Después de encontrar ese lugar, el águila comienza a golpear su pico en la pared hasta conseguir arrancarlo; luego debe esperar el crecimiento de uno nuevo con el que desprenderá una a una de sus uñas. Cuando las nuevas uñas comienzan a nacer, empieza a desplumar sus plumas viejas.
Finalmente, después de 5 meses sale para su vuelo de renovación y a vivir 30 años más.

domingo, 30 de marzo de 2008

¿Por quién doblan las campanas?


Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
Este mundo de la injusticia globalizada

viernes, 28 de marzo de 2008

Grandes Lecciones


Umberto Eco
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=991381

El otro día un entrevistador me preguntó (como lo han hecho muchas veces) cuál era el libro que más influencia había ejercido sobre mi vida. Si en el curso de toda mi vida un solo libro hubiera influido sobre mí más que los otros, yo sería un idiota… como muchos de los que responden a esta pregunta. Hubo libros que fueron decisivos para mí a los veinte años y otros que fueron decisivos a los treinta… y espero con impaciencia el libro que me trastornará a los cien años. Otra pregunta imposible: “¿Quién le enseñó algo que fue definitorio y para siempre en su vida?”. No puedo responder a eso (a menos que diga “papá y mamá”) porque en cada recodo de mi existencia alguien me ha enseñado algo. Podían ser personas que estaban próximas a mí o muertos queridos, como Aristóteles, Santo Tomás, Locke o Peirce. En cualquier caso, he recibido enseñanzas no librescas de las que puedo afirmar, con toda seguridad, que cambiaron mi vida. La primera fue la de la señorita Bellini, mi maravillosa maestra de primaria, quien nos pedía preparar para el día siguiente algunas reflexiones sobre palabras determinadas (como “gallina” o “barco”), a partir de las cuales debíamos elaborar algún relato o fantasía. Un día, invadido por no sé qué demonio, dije que podría crear algo en el momento, a partir de cualquier palabra que me propusiera. Ella me miró desde su escritorio y dijo “libreta”. Dicho ahora, retrospectivamente, podría haber hablado de la libreta de apuntes del periodista, o del diario de viaje de un explorador salgariano, pero con jactancia me subí a la tarima y ni siquiera pude abrir la boca. La señorita Bellini me enseñó entonces que no hay que presumir demasiado de las propias fuerzas. La segunda enseñanza fue la que me transmitió don Celi, el salesiano que me enseñó a tocar un instrumento musical. Parece que ahora quieren consagrarlo santo (no por esta razón, que el abogado del diablo podría usar en su contra). El 15 de enero de 1945 fui a verlo lo más campante y le dije: “Don Celi, hoy cumplo trece años”. El me respondió, con tono áspero: “Muy mal aprovechados”. ¿Qué me quería decir con eso? ¿Que al llegar a esa venerable edad yo debía abocarme a un estricto examen de conciencia? ¿Que no debía esperar elogios por haber cumplido simplemente mi deber biológico? Quizás era tan sólo una manifestación del sentido piamontés de los modales, un rechazo de la retórica, incluso de la felicitación de rigor. Pero creo que don Celi sabía, y me enseñó, que un maestro siempre debe poner en crisis a sus discípulos, y nunca alabarlos más de lo necesario. Después de esa lección, siempre he sido parco para elogiar a los que lo esperaban de mí, salvo casos excepcionales o hechos inesperados. Tal vez con esta conducta he hecho sufrir a algunos y así he desaprovechado no sólo mis primeros trece años, sino también mis primeros setenta y seis. Pero sin duda decidí que la manera más explícita de expresar mi aprobación era no regañar a nadie. Si no regaño, significa que alguien ha hecho algo bien. Siempre me han irritado expresiones tales como “el papa bueno” o “el honesto Zaccagnini”, que permitían pensar que los otros pontífices habían sido malvados y los otros políticos deshonestos. Juan XXIII y Benigno Zaccagnini hacían simplemente lo que se esperaba de ellos, y no había ninguna razón particular para felicitarlos por eso. Pero la respuesta de don Celi también me enseñó a no enorgullecerme demasiado por las cosas que hacía, aunque las hiciera bien, y, sobre todo, a no jactarme. ¿Eso significa que no hay que intentar ser el mejor? Por cierto que no, pero de manera extraña la respuesta de don Celi me reenvía a algo que dijo Oliver Wendell Holmes Jr. y que leí no sé dónde: “El secreto de mi éxito es que desde joven descubrí que no era Dios”. Es muy importante entender que uno no es Dios, y dudar siempre de los propios actos, y pensar siempre que no hemos aprovechado suficientemente los años vividos. Es el único modo de intentar pasar mejor los años que nos quedan. Me pregunto por qué me vienen a la cabeza estas cosas en estos días. Es que se ha iniciado la campaña electoral, y en estos casos, para tener éxito es necesario comportarse un poco como Dios, y decir de las cosas hechas, como el creador después de la creación, que eran “bastante buenas”, y manifestar un cierto delirio de omnipotencia declarándose capaz de hacerlas mejor (mientras Dios se contentó con haber creado el mejor de los mundos posibles). Pero no moralizo: para hacer una campaña electoral hay que actuar así… ¿Se imaginan a un candidato que les dice a los futuros votantes: “Aunque hasta ahora hice mal las cosas, y no estoy seguro de que las haré mejor en el futuro, les prometo que lo intentaré”. No sería elegido. Sin embargo, repito, no lo digo en el sentido de falso moralismo. Sólo que al escuchar los diversos programas de TV sobre los comicios, se me dio por pensar en don Celi.

domingo, 23 de marzo de 2008

Tu Camino


Tu camino no es recto
según nuestra ingeniería.
Se tuerce de repente
en medio de la noche,
en busca de una oveja perdida
en un callejón oscuro
de traficantes baratos.
Tu camino no tiene plazo fijo
para ser inaugurado,
ni calendario de político.
Pierdes horas derramadas
en la frente de un asaltado
al borde del camino,
de un hombre cazado
por el ron y la amargura,
de un drogadicto adolescente
escapado de la casa,
que te obligan a cambiar
tu itinerario.
Tu camino no es ancho
como nuestras pistas de alta velocidad,
florecidas de marcas comerciales
como un nuevo paraíso orginal,
multicolores serpientes publicitarias
y frutos para sentirnos como dioses,
y riesgos de exhibición
que dan vueltas sobre sí misma
sin llegar a ninguna parte.
Tu camino no siempre es un éxito.
A veces naufraga en el mar
en una ola de emigrantes clandestinos,
o queda atropellado niño
en la esquina del semáforo,
con su esponja de limpiar cristales
todavía húmeda en la mano.
Tu camino es lento.
Avanzas con todo un pueblo,
con su cabeza endurecida
por esclavitudes programadas
y sus miedos viejos
a sueños, espíritus y amos,
atados a los pies y la memoria.
No te olvidas de ningún grupo
perdido en los escondrijos
de los archivos y los mapas.
Tu camino es desconcertante.
Se pierde en cañadas oscuras
donde apenas se oye el ruido
de tu cayado de pastor contra las piedras.
Baja a las galerías del carbón
en busca del minero silencioso.
Se hunde en la noche de los contemplativos
atrapados en su celda inmóvil.
Tu camino empieza de nuevo
donde lo conocido acaba.
No vuelve hacia el ayer marchitado
de la belleza o del aplauso,
de la lección sabida,
del hogar infantil,
de la placa de reconocimiento
en el álbum de la crónica social.
Tu camino se hace tierno
en oasis de hierba verde
y de agua que corre gratuita,
de canto libre en cuerpos doloridos,
de alimento que pasa de mano en mano.
Aquí se apagan las bocinas comerciales
y no acuden con bandejas brillantes
los sirvientes de lazo negro
y de sonrisa de paga blanca.
Tu camino se gesta en lo escondido,
en laboratorios que aceptan
el desafío del futuro y de la muerte,
en la soledad de las bibliotecas,
en el silencio austero del místico,
en las noches en vela de la madre joven
que defiende su pequeña esperanza enferma,
en la reunión clandestina
de unos campesinos pobres
que planifican sus protestas y sus siembras,
en el discernimiento nocturno
de la decisión justa y honesta
que no tiene donde reclinar la cabeza.
Tú eres el camino,
siempre delante,
huellas recientes de pies descalzos
de hombre pobre y mirada gratis,
guía libre, sin equipaje de lujo
ni marcas comerciales en la espalda.
En la historia, sigues con nosotros.
Resucitado, ya llegaste.
Y como el centro de la rueda
convocas todos los rayos a tu encuentro,
caminos diferentes y dispersos,
y al converger todos hacia ti,
unos a los otros no acercas.
Benjamín González Buelta SJ (La transparencia del barro)

viernes, 14 de marzo de 2008

Tiempo de reflexión

"¿Quén decís que soy?
Hace dos mil años un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos (Evangelio de San Marcos 8, 27). Y la historia no ha terminado aún de responderla. El que preguntaba era simplemente un aldeano que hablaba a un grupo de pescadores. Nada hacía sospechar que se tratara de alguien importante. Vestía pobremente. Él y los que le rodeaban eran gente sin cultura, sin lo que el mundo llama "cultura". No poseían títulos ni apoyos. No tenían dinero ni posibilidades de adquirirlo. No contaban con armas ni con poder alguno. Eran todos ellos jóvenes, poco más que unos muchachos, y dos de ellos -uno precisamente el que hacía la pregunta- morirían antes de dos años con las más violentas de las muertes. Todos los demás acabarían, no mucho después, en la cruz o bajo la espada. Eran, ya desde el principio y lo serían siempre, odiados por los poderosos. Pero tampoco los pobres terminaban de entender lo que aquel hombre y sus doce amigos predicaban. Era, efectivamente, un incomprendido.
Los violentos le encontraban débil y manso. Los custodios del orden le juzgaban, en cambio, violento y peligroso. Los cultos le despreciaban y le temían. Los poderosos se reían de su locura. Había dedicado toda su vida a Dios, pero los ministros oficiales de la religión de su pueblo le veían como un blasfemo y un enemigo del cielo. Eran ciertamente muchos los que le seguían por los caminos cuando predicaba, pero a la mayor parte les interesaban más los gestos asombrosos que hacía o el pan que les repartía que todas las palabras que salían de sus labios. De hecho todos le abandonaron cuando sobre su cabeza rugió la tormenta de la persecución de los poderosos y sólo su madre y tres o cuatro amigos más le acompañaron en su agonía.
La tarde de aquel viernes, cuando la losa de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie habría dado un céntimo por su memoria, nadie habría podido sospechar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer -su madre- que probablemente se hundiría en el silencio del olvido, de la noche y de la soledad.
Y... sin embargo, veinte siglos después, la historia sigue girando en torno a aquel hombre. Los historiadores -aún los más opuestos a él- siguen diciendo que tal hecho o tal batalla ocurrió tantos o cuantos años antes o después de él. Media humanidad, cuando se pregunta por sus creencias, sigue usando su nombre para denominarse. Dos mil años después de su vida y muerte, se siguen escribiendo cada año más de mil volúmenes sobre su persona y doctrina. Su historia ha servido como inspiración para, al menos, la mitad de todo el arte que ha producido el mundo desde que él vino a la tierra. Y, cada año, decenas de miles de hombres y mujeres dejan todo - sus familias, sus costumbres, tal vez hasta su patria - para seguirle enteramente, como aquellos doce primeros amigos.
¿Quién, quién es este hombre por quien tantos han muerto, a quien tantos han amado hasta la locura y en cuyo nombre se han hecho también -¡ay!- tantas violencias? Desde hace dos mil años, su nombre ha estado en boca de millones de agonizantes, como una esperanza, y de millares de mártires, como un orgullo. ¡Cuántos han sido encarcelados y atormentados, cuántos han muerto sólo por proclamarse seguidores suyos! Y también -¡ay!- ¡cuantos han sido obligados a creer en él con riesgo de sus vidas, cuantos tiranos han levantado su nombre como una bandera para justificar sus intereses o sus dogmas personales! Su doctrina, paradójicamente, inflamó el corazón de los santos y las hogueras de la Inquisición. Discípulos suyos se han llamado los misioneros que cruzaron el mundo sólo para anunciar su nombre y discípulos suyos nos atrevemos a llamarnos quienes -¡por fin!- hemos sabido compaginar su amor con el dinero.
¿Quién es, pues, este personaje que parece llamar a la entrega total o al odio frontal, este personaje que cruza de medio a medio la historia como una espada ardiente y cuyo nombre -o cuya falsificación- produce frutos tan opuestos de amor o de sangre, de locura magnífica o de vulgaridad? ¿Quién es y qué hemos hecho de él, cómo hemos usado o traicionado su voz, qué jugo misterioso o maldito hemos sacado de sus palabras? ¿Es fuego o es opio? ¿Es bálsamo que cura, espada que hiere o morfina que adormila? ¿Quién es? ¿Quién es? Pienso que el hombre que no ha respondido a esta pregunta puede estar seguro de que aún no ha comenzado a vivir. Gandhi escribió una vez: "Yo digo a los hindúes que su vida será imperfecta si no estudian respetuosamente la vida de Jesús". ¿Y qué pensar entonces de los cristianos -¿cuántos, Dios mío?- que todo lo desconocen de él, que dicen amarle, pero jamás le han conocido personalmente?
Y es una pregunta que urge contestar porque, si él es lo que dijo de sí mismo, si él es lo que dicen de él sus discípulos, ser hombre es algo muy distinto de lo que nos imaginamos, mucho más importante de lo que creemos. Porque si Dios ha sido hombre, se ha hecho hombre, gira toda la condición humana. Si, en cambio, él hubiera sido un embaucador o un loco, media humanidad estaría perdiendo la mitad de sus vidas.
Conocerle no es una curiosidad. Es mucho más que un fenómeno de la cultura. Es algo que pone en juego nuestra existencia. Porque con Jesús no ocurre como con otros personajes de la historia. Que César pasara el Rubicón o no lo pasara, es un hecho que puede ser verdad o mentira, pero que en nada cambia el sentido de mi vida. Que Carlos V fuera emperador de Alemania o de Rusia, nada tiene que ver con mi salvación como hombre. Que Napoleón muriera derrotado en Elba o que llegara siendo emperador al final de sus días no moverá hoy a un solo ser humano a dejar su casa, su comodidad y su amor y marcharse a hablar de él a una aldehuela del corazón de África.
Pero Jesús no, Jesús exige respuestas absolutas. Él asegura que, creyendo en él, el hombre salva su vida e, ignorándole, la pierde. Este hombre se presenta como el camino, la verdad y la vida (Juan 14, 6). Por tanto -si esto es verdad- nuestro camino, nuestra vida, cambian según sea nuestra respuesta a la pregunta sobre su persona. ¿Y cómo responder sin conocerle, sin haberse acercado a su historia, sin contemplar los entresijos de su alma, sin haber leído y releído sus palabras?"


Vida y misterio de Jesús de Nazaret. J. L. Martín Descalzo

José Luis Martín Descalzo. (Madridejos, 1930-Madrid, 1991) Sacerdote y escritor español. Periodista, dirigió las revistas Vida Nueva y Blanco y Negro. Su obra está impregnada de optimismo y esperanza evangélica. Es autor de novelas (La frontera de Dios, premio Nadal 1956; Lobos, perros y corderos, 1978), ensayos (Un periodista en el concilio, 1962-1965; Razones para la esperanza, 1984) y obras dramáticas (La hoguera feliz, 1962; A dos barajas, 1972; Las prostitutas os precederán en el reino de los cielos, 1986). http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/martin_descalzo.htm

jueves, 28 de febrero de 2008

De vuelta en el camino

"La más larga caminata comienza con un paso.
"Proverbio hindú.

Y al parecer los Guidenses han vuelto al camino… en mi correo encontré este
“Proverbio Chino que me han enviado: "
El dinero, puede comprar una casa, pero no un hogar. Puede comprar una cama, pero no el sueño. Puede comprar un reloj, pero no el tiempo. Puede comprar un libro, pero no el conocimiento. Puede comprar una posición, pero no el respeto. Puede pagar un médico, pero no la salud. Puede comprar la sangre, pero no la vida. Puede comprar el sexo, pero no el amor”
¡¡¡Gracias!!!

Hoy vuelvo a encontrar otro e-mail, un llamado… ¿de solidaridad? Quien lo haya enviado piensa que sí, que esta ayudando, y eso tiene un valor formidable, pero yo tengo la responsabilidad de advertir sobre ese tipo de cadenas de e-mail. Este pedido, el mismo, lo recibí por primera vez en Agosto de 2007, a sus datos personales se agregaba que vivía en Sáenz Peña. Chaco. Pedidos como este andan por la red, uno lo lee, se compadece, es lógico, y lo reenvía y… Observen: No figura dirección de e-mail, No figura DNI, y si fuera cierto, si necesitara el transplante ya estaría en la lista del INCUCAI

¡Cuidarse del SPAM!

Igualmente ¡¡¡Gracias!!! Por haber restablecido la comunicación y aprovechando que los tengo allí comparto con todos ustedes

La verdadera riqueza
“Si hubiera un Banco que acreditara en nuestra cuenta $86,400 pesos cada mañana; que no transfiera el saldo disponible de un día al siguiente, que no nos permitiera conservar efectivo y al final del día cancelara la parte de esa cantidad que no hubiésemos usado. ¿Qué haríamos? Por supuesto, sacar cada día hasta el último centavo y aprovechar todo el dinero. El Banco existe: se llama Tiempo. Cada día, nos acredita 86,400 segundos y cada noche da por definitivamente perdidos cuanto hayamos dejado de emplear provechosamente. Nunca nos transfiere los saldos, ni permite que sobregiremos. Cuando no usamos lo disponible ese día, los únicos que perdemos somos nosotros.No existe recuperación de fondos. Tampoco es posible girar cheques sobre la mañana. De cada uno de nosotros depende invertir este precioso caudal de horas, minutos y segundos para obtener los máximos dividendos en cuanto a salud, felicidad y éxito”
Del libro “Un regalo excepcional” de Roger Patrón Lujan