"Cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano" Eduardo Galeano.

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domingo, 17 de abril de 2011

...de recomendable lectura

Hace sesenta y cinco años Atahualpa Yupanqui escribió

TIERRA QUE ANDA

En la página 35 del pequeño librito editado en 1948 por la Editorial Anteo leemos:

Te lo advertí, Hermano Kolla.
¿Recuerdas que te hablé de Condorkanqui, de Catári y Pilltipico?. Ellos tambien como tu, se echaron el sol al hombro y caminaron sendas del Ande hasta las pampas abiertas, con esa ilusión que la vida prende en los seres humildes, que creen que aquellos que viven bien, piensan y sienten bien.
Te vi pasar por los caminos del Tucumán. Saludé tu esfuerzo con mi mejor alarido. Nuestros ponchos conversaron sobre cosas comunes. El mío rojo y azul, dijo las cosas del sueño alto y de la copla libre. El tuyo castaño y pardo como tu vida y como tu tierra, dijo las cosas que el rigor aconseja al corazón que sabe esperar siglos la aurora que libera de las sombras.
Cuando llegaste a la gran ciudad, también yo te espere en Buenos Aires.
Yo no fui con un verso y un discurso, ni monte ajeno potro para lucir el barato gauchismo del hombre que se enhorqueta en Ciudadela para apearse en Plaza de Mayo.
Yo soy del camino largo. Soy jinete de bruto zaino que sabe andar cuarenta días para ver un alba o un ocaso andino.
Te vi entrar por la calle ancha, Hermano Kolla, cansado y aturdido de aplausos y homenajes. Niños como palomas custodiaron la acera de tu mañana sin niebla.
Obreros y ciudadanos agitaron sus manos para llamarte amigo. Mujeres de la feria mañanera se quedaban prendadas de los tientos heroicos de tu apero. Los entendidos discurrían sobre bozales, sobre guardamontes, sobre pellones y caronas diversas. Entre autos y tranvías detenidos en fila interminable, pasaron tus borricos, tus mulas. Pasaron los hombres del caminar eterno. Palmeando el anca de las bestias, saludando a las cholas, trepando en los carros, yo te saludé con una alegría de chango travieso. Mire tu sombrero apretado “a lo chaqueño”, con el ala hacia arriba, luciendo un retrato que nada tenía que ver con tu paisaje ni con tu misión. Tú no venías a pedirle nada a un hombre. Tú venias a pedirle a la Nación
A exigirle, ante los ojos de todo el pueblo, la tierra que tus manos reclamaban, la siembra de todo lo que lleva la vida hacia delante. Tu anhelo no nació en Bertoasco, como tampoco moriría bajo el antojo de Von Kemmer. Tu anhelo tiene más años que el algarrobo, y es más grande que tu pena y que tu espera, Hermano Kolla.
Cuando coparon tu esfuerzo y otros hicieron de tu heroico raid “su triunfo”, yo te lo advertí, paisano de mi tierra. Supe junto con tu llegada, el carácter de todo eso. Tú, hombre del Ande y de la Puna; tú, muchacho de los potrero de Orán y de los lotes cañeros de Ledesma; tú, vagabundo pastor de Cochinoca y Casabindo, fuiste sin quererlo, el partiquino inconsciente de una comedia nativista.
Aquí te abrazaron señores y lacayos vestidos de señores. Aquí te mostraron la zamba del pago luminoso, la vidala otoñal, la copla eterna, y se lucieron llamándote su hermano todos los aficionados al turismo tradicionalista del arte y de la vida. Todas las voces del arte barato, del provincianismo comercializado, te llamaron a sus centros.
¡Hasta jugaste fútbol! Te vi en los noticiarios de cine. Miraba tu figura, y casi no te reconocía.
Solo al caminar descubrías el paso que la tierra imprime al hombre. Estabas contento, pero esa alegría no era la de allá. No era la campechanía del saludo y la sonrisa bajo la sombra de la carpa grande del Carnaval quebradero. No eran los ojos chicos, de mirada firme, en la que siempre brilla el alma libre y la esperanza grande. Tu poncho añoraba vientos, y era blando tu gesto, tan lejos de las piedras.
Hasta que al fin supiste cómo duele el engaño.
Tú, indio del Ande, mestizo de la Puna, huésped de Buenos Aires fuiste echado a patadas. Roto quedó tu erkencho, destrozado tu bombo. Con las hilachas de tu pobre poncho enjugaste tu llanto, que es el mío, y el de todos los que arrimamos nuestro corazón para mantener la justicia de tu voz!
Ahora marchas caminos de regreso, que son para tu pueblo caminos de derrota. Allá conversarás, superada tu angustia, con tono más altivo. ¡Supay huaranka huachaseka! Y pensarás en todos los abrazos de la ruta. La montaña te mostrará la flor primera de estos tiempos de soles buenos, y el viento te hablará con la voz de los abuelos. La sombra de los algarrobos cantará para ti la ronda lunada de los coyuyos que anuncian el verano. Allá en las lomas la senda enviará en los remolinos sus mensajes al lucero cumbreño. Y tu flauta sonará como siempre, como toda la vida el yaraví de la sombra que comienza en la tierra y se extiende sobre el corazón de los hombres que viven lejos, pobres y silenciosos.
Aquí, ningún centro tradicionalista levantó su protesta. Ningún gaucho de los que se lucieron a tu lado, desde Ciudadela a Plaza de Mayo montó su potro ajeno para decirte:
“¡Venga a mi casa amigo!” Dentro de poco, serás el tema pálido de algo de lo mucho que ocurre en el tiempo.
¡Pero yo no duermo, Hermano Kolla! Mi alma es un mangrullo sobre el que pasa eternamente vigilando, el anhelo más grande de mi vida.
Aunque todas las voces callen, ahogadas, compradas, envilecidas o aburridas, mi voz, la de mi oscuro canto, la de mi copla libre, de esta guitarra mía que sabe de caminos y de angustias, será siempre tu voz, la de tu cerro, la de la Puna abierta y desolada, la de la selva brava. Sobre mi tierra alta viven hombres sin campos, de mirada firme, pero de tristes cantos, de paisajes hermosos, pero de hambres infinitas, a los que la vida arrincona para que sus sueños se deshilachen a la par de los ponchos.
¡Para comprar tu alegría con moneda justa, para que brote la dicha sobre la tierra parda, para borrar las lágrimas del llanto, esta mi corazón, Hermano Kolla…!

De ayer a Hoy
http://comunidadlaprimavera.blogspot.com/



viernes, 13 de agosto de 2010

Lecturas para compartir

El monito
Roberto Fontanarrosa

a Osvaldo Ardizzone

Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite que no es vergüenza llorar cuando las lágrimas tienen la pureza recóndita de aquello que llega desde el corazón que no quiere aflojar ante terceros. Tal vez, pibe, tal vez Monito, son las mismas lágrimas que, años atrás, no tantos quizás, usted tuvo que enjugar con el revés de la mano sucia de tierra en el fondo de la casita del patio con geranios y malvones de barrio Arroyito. Tal vez son las mismas lágrimas vertidas por la rabia, la impotencia, la vergüenza, ante el coscorrón justiciero de su viejita laburante cuando usted no llegaba a la hora establecida para tomar la leche.
¿Cómo iba a entender su madre, Monito, aquel cariño entrañable por la pelota de fútbol, que lo mantenía lejos de la casa, demorado,en ese romance infantil con la de cuero, en los yuyales sabios del campito que no sabía de redes ni de cal, tras de la vía? ¿Cómo podía entender su viejo, pibe, su viejo, don Telmo, el genovés terco de canzonetta y nostalgia, su noviazgo purrete con la de gajos y ese lenguaje dulcemente nuestro de los túneles, la pisada, el chanfle, los taquitos y la rabona? Porque no era, no, una piba quinceañera, rubia y pizpireta, de ojos celestes como los de la pulpera de Santa Lucía, lo que a usted le impedía volver en el horario, a gritos reclamado por su madre. No era, no, Monito, el despertar púber del primer amor enredado en los últimos giros de un trompo o en la galleta enojo sa del hilo de un barrilete, el que lo hacía terminar los deberes de la escuela a las corridas y escapar luego, gorrión ansioso, pájaro encendido, hacia la complicidad abierta de la calle, el griterío alborozado de los pibes y el llamado seductor de un taconeo. No Monito, lo suyo era más simple, como son simples las cosas que nacen del corazón y eluden las frías especulaciones de la mente. No. Lo suyo era tan sólo la caricia tierna de la capellada de su botín zurdo en la pelota, el toque, la volea, la suela que aprieta el fútbol indócil y lo convence, lo persuade, lo amaestra. Lo suyo era el amague, el pique corto, el freno seco, y el pecho amigo para que allí se durmiera la bella amada cuando caía desde el cielo como un globo cansado de volar sin rumbo cierto. ¡Mire qué fácil, pibe, que era aquello! De la misma forma en que el amor, el puro amor, se presenta, florece y crece como una flor nocturna, como un clavel del aire brotado en la luminosidad escasa de un pasillo, así creció en usted el sortilegio. Nadie le enseñó, como no se enseña el dolor ni la paciencia, ni se sabe de dónde surge el gusto por silbar o el de hablar bajo. Usted ya lo traía impreso, se lo digo, quizás desde el fondo de la historia de ese barrio que ha visto nacer a tantos ídolos y guarda en el aire la vibración, el eco, el reverbero de mil goles gritados en la tarde, atronando el cemento, quebrando la quieta y asombrada calma de su río. O lo aprendió como se aprenden estas cosas, mirando a los demás, tratando de atrapar con ojos asombrados el misterio metafísico del chanfle, la secreta ley física que hace que el balón vaya hacia allá y dé una vuelta. Por eso, por todo eso, pibe, no se inquiete si lo ven aflojar y su mirada se empaña como el cristal de una ventana cuando recibe el tamborileo sonoro de la lluvia. No. Llore Monito, llore. Usted puede. A usted se le permite.
Así lo soñó usted tal vez, un día, allá, aferrado a la alomhada confidente de su cama, en la casita del patio con geranios y malvones, alguna de esas noches de verano cuando el calor aprieta y el sueño viene:
Ya está el mago de varita presta. Ya está el ilusionista sutil que hace creer en cosas que no existen y miente que en el dorso de su mano se ocultan pañuelos, palomas y barajas. Está en el medio de la cancha y su eterna enamorada, la pelota, parece que se ha ido y está inmóvil, simula emprender vuelo y no se aleja, o bien hace creer que se le escapa pero vuelve bajo la presión apenas ruda de la suela. Ahora el estadio enmudece, el mago muestra el juego. El Monito arranca y empieza el toque, el pelotazo sabio, el amague que argumenta una cosa y dice otra. De la zurda precisa del insider brotan conejos, luces multicolores, toques lujosos, las dos cortas sabidas y una larga, la cabeza alta, el ojo inquieto. El público se deleita. Ya la metió de nuevo bajo el pie, la mostró, “ahí la tenés, es tuya” ha dicho, pero no está más, la sacó, la puso en otro lado, la cambió de lugar, la amarreteó de nuevo. Allá está el compañero, el wing derecho, no lo ha visto, pero gira y le pone el pelotazo desde cuarenta metros, en el pecho. Sólo faltan los clarines, los clarines, las fanfarrias, el galope incesante de los corceles blancos girando en torno de la cancha y las ecuyères de pie sobre sus ancas.
Así lo soñó usted, tal vez, un día, Monito. Ya el espectáculo termina y, a pesar de la magia del insider, a pesar de sus moñas y regates, pibe, a pesar de las cuatro pelotas de gol que usted puso en los pies del centrofoward, el partido se agosta en la chatura aburrida del empate. Pero faltaba, nomás, la carcajada. El cierre magistral, la pincelada justa que el artista deposita por fin sobre la tela e ilumina el azul, aviva grises y ruboriza la macilencia de los sepias. Faltaba nomás, la carcajada. Ese balón que llega de atrás, como un balazo. El pecho receptor del entreala tan afecto a refrenar, mullido, el rebote previsto de la bola. Ya empieza la danza, el giro sobre un pie para enfrenta el arco y el resbalar mansamente de la globa del pecho a la rodilla y de allí al suelo. Allí, en la temible ferocidad del área, allí, donde la puerta de las dieciocho se convierte en muralla pertrechada, donde hay piernas, codos, tapones alevosos y guadaña, allí la puso en el piso el entreala. Allí, en esa media luna, en lo que algunos llaman la empanada, allí donde uno se olvida de la novia, del primer amor, de lo aprendido en la'escuela, de la Vieja, “vení conmigo” le dijo el Monito a su amiga del alma. Y se metió en el área con pelota dominada.
No sé si hubo un caño o fueron cuatro. Quebró la cintura, pisó el cuero, pareció en un momento que pateaba, se le vinieron dos, se cerró el cuatro pero el Monito la llevaba atada.
Tal vez ya no me acuerdo, decime vos si miento, pero quedó frente al arquero y la puso en un rincón, de cachetada. No el cachetazo mordaz, el del reproche, sino el empujón cordial, el que te aprueba, la palmada que se le da a un pibe y se le dice “cruzá que yo te miro”. La pelota entró pidiendo permiso y ni tocó la red de puro cauta. Luego, el pibe se fue hasta su tribuna y adentro de su puño apretó el gol, lo abrió de golpe y fue otra vez paloma y carcajada.
Llore Monito. Así lo soñó usted tal vez un día, en la casa de malvones y geranios del barrio Arroyito. Y se quedó en sueño nomás, no se dio nunca.
—¡Tan bueno que parecía de purrete! Nunca llegó a jugar ni en la tercera. Y en el equipo que se arma en la oficina a veces lo ponen un rato y otras, nada. Está gordo, pibe, algo pelado. Y me han dicho que ni va a la cancha.

Roberto Fontanarrosa
Nada del otro mundo y otros cuentos (1987)

martes, 27 de abril de 2010

Relecturas

De AGUAFUERTES PORTEÑOS

EL HOMBRE CORCHO

El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los pilletes.
Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su asunto, os dice:
-Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen nombre ni mi honor quedaban afectados.
Bueno, cuando malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que "su buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso", pónganse las manos en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.
Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.
Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.
Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a nuestras madres de que él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego con la cantinela:
-Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.
Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro, pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al maestro de que él era un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras en las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este malandrín en flor, por "a", por "b" o por "c", más profundamente inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su bondad.
Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque sabía menos que los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre, siempre sin hundirse, como si su naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.
Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo increíble.
En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra significaría platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda sintetizada en estas palabras:
"El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor".
Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no "los afectó". Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a un sinvergüenza de esta calaña?
Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro pobre diablo se habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y la ignominia, el ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código, la falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la prescripción por negligencia de los curiales, de las aves negras, de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó "sin que el proceso afectara su buen nombre ni su honor". Ahora sería interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un hombre no tiene.
Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las "litis" comerciales, en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en los conatos de quiebras, en los concordatos, verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo o peor.
En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con la serenidad de un tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más. ¿Que el síndico no se quiere "acomodar"? Pues, a crearle al síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico.
Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no hay Cristo que se entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van muertos!
Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto criminal, se libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el sellado; si en un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!
Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en falso.
Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no supiera la lección, y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable, este sujeto, en la clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se produce una quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso, amable y terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.
¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber!

Roberto Arlt 1900 -1942

Lectura recomendada: “Tratado de la delincuencia”

http://www.elortiba.org/arlt.html

domingo, 14 de febrero de 2010

En el camino

RESEÑA HISTÓRICA DEL PARTIDO DE TORDILLO
Por Juan Carlos Pirali
Dolores
En el marco de las estadísticas demográficas correspondientes a los partidos de la provincia de Buenos Aires, Tordillo figura como el de menor cantidad de habitantes, pero ese hecho no significa la ausencia de una rica historia.
Las tierras donde se emplaza este partido, fueron visitadas por don Juan de Garay, el primer fundador de Buenos Aires, a fines de noviembre de 1581, en su viaje de exploración por la costa bonaerense.
Seguir su lectura en los archivos de: http://juancpirali.obolog.com

viernes, 2 de octubre de 2009

En un país productor de alimentos...


¿Cuánto vale un niño?

Durante la última campaña electoral, todos los candidatos anunciaron que se ocuparían de impulsar algún tipo de subsidio para asistir a los niños pobres de la Argentina. En un país productor de alimentos, el fenómeno de la infancia desnutrida es lacerante. Más de seis millones de pibes menores de 18 años son pobres.
Oficialistas y opositores, de izquierda y de derecha, liberales y estatistas, progres y conservadores, coincidieron en las tribunas electorales en esa idea. Sin embargo, a tres meses de los comicios, como ocurrió con las promesas unánimes de sancionar un nuevo sistema de responsabilidad penal para menores, la ayuda económica para los niños desapareció de la agenda política.
Alberto Morlachetti, coordinador del Movimiento de los Chicos del Pueblo e impulsor de la campaña “Ni un pibe menos” y “El hambre es un crimen”, con una mezcla de tristeza e ironía suele hacer una recomendación oftalmológica, “ya que los dirigentes parece que no ven lo que pasa”. Según la Red Solidaria, la situación es dramática: una de cada cinco personas no puede comprar lo que necesita para alimentarse y, asimismo, estima que ocho niños mueren por día por causas vinculadas a la desnutrición.
Mientras tanto, las cifras de la pobreza son manipuladas. El INDEC anunció hace una semana que los niveles de pobreza e indigencia bajaron (al 13,9 y 4 por ciento, respectivamente). Los dibujos oficiales ubican la frontera de una vida digna en un nivel que está en la mitad del que establece cualquier consultora seria, incluso las que elaboran las empresas de medición satélites del gobierno (esas que manejan los amigos del poder cobrando contratos millonarios). La cuestión de las cifras es clave. ¿Cómo se pueden establecer políticas públicas eficaces sobre la base de datos falsos?
“Estos números son una ofensa, porque lo que hay que entender es que cada niño que muere es irreemplazable y los que sobreviven mal alimentados sufren daños irreparables”, señala Morlachetti. Los especialistas coinciden en que, cuando un niño crece con hambre, sus conexiones interneuronales no terminarán de conformarse y eso le provocará retrasos que lo acompañarán toda la vida. Los niños sin proteínas son presa fácil de enfermedades que, si estuvieran bien alimentados, podrían evitar con facilidad.
Desde el Gobierno rechazan la discusión por las cifras y dicen que “lo importante es que estamos mejor que hace cinco años”. Tal vez sea cierto, pero los números disfrazados no pueden borrar la emergencia. Apenas un ejemplo: según Rolando Núñez, de la agrupación Nelson Mandela, “hay un 64% de niños chaqueños en la pobreza”. Unicef acaba de lanzar una campaña a favor de los derechos de los niños y adolescentes indígenas de la Argentina. Se trata de los niños más castigados por la miseria. Las organizaciones sociales y los comedores populares registran, día tras día, el incremento de la demanda alimenticia. El hambre se convirtió en una marca latinoamericana: se estima en nueve millones la cantidad de niños desnutridos en la región.
La Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) lanzó la idea de establecer un ingreso básico y universal para cada niño. La Coalición Cívica fue el primer partido político que impulsó la propuesta en 1996, pero en la última elección perdió la exclusividad: todos los candidatos se sumaron con propuesta similares. Hasta Francisco de Narváez y Mauricio Macri hablaron de establecer una ayuda económica.
Según lo consigna el semanario El Parlamentario, en el Congreso Nacional hay cinco proyectos sobre subsidios a la niñez. Los de los diputados Claudio Lozano (Proyecto Sur) y Silvia Augsburger (Partido Socialista) y el de la senadora Elena Corregido (Frente para la Victoria) contemplan 125 pesos por mes y por niño. La del senador radical Ernesto Sanz establece 100 pesos por mes, 200 más por año y 30 pesos más como una reserva mensual para estudios. El proyecto de la diputada Elisa Carca de la Coalición Cívica (elaborado originalmente con Elisa Carrió) establece 130 pesos por mes hasta los cinco años y 214 entre los 5 y los 18 años.
La decisión política no será fácil. El principal argumento en contra que esgrime el oficialismo es “¿cómo hacerlo? ¿Con qué plata?”. Y agregan: “No se puede aumentar impuestos porque los sectores más prósperos ya se negaron a ceder parte de su renta vía retenciones”. Pero ésa es una verdad a medias.
La universalización de los planes por hijo insumiría entre 20 mil y 30 mil millones de pesos por año, lo que equivale a un diez por ciento del total de los gastos del Estado. La mayoría de los legisladores que presentaron proyectos sugieren financiarlo reorientando planes sociales existentes, reformulando regímenes de promoción económica, gravando las rentas extraordinarias de empresas petroleras o mineras y eliminando exenciones, como las Ganancias en la renta financiera.
Superada la discusión por la ley de medios audiovisuales, la dirigencia política debe cumplir con el compromiso asumido en la última campaña y transformar el combate contra el hambre como la madre de todas las batallas de la democracia. Hay que invertir en el futuro. Hay que salvar a los niños. Si no pueden acordar sobre este tema, no podrán acordar nada.

domingo, 6 de septiembre de 2009

“La mosca azul” por Fray Betto

"Dé a la persona una tajada de poder y sabrá quien de hecho ella es. El poder, al contrario de lo que se dice, no cambia a las personas. Hace que se revelen. Es como el artista a quien faltaban pincel, tintas y tela, o el asesino que, finalmente, dispone de arma. El poder sube a la cabeza cuando ya se encontraba destilado, en reposo, en el corazón. Como el alcohol, embriaga y, a veces, hace delirar, excita la agresividad, derrumba escrúpulos. Una vez invertida de la función o cargo, título o prebenda, la persona se cree superior y no admite que subalternos contraríen su voluntad, sus opiniones, sus ideas y sus caprichos
."
http://www.voltairenet.org/article136838.html

domingo, 9 de agosto de 2009

HAY UN NIÑO EN LA CALLE


A esta hora, exactamente,
hay un niño en la calle.
Le digo amor, me digo,
recuerdo que yo andaba
con las primeras luces de mi sangre, vendiendo
un oscura vergüenza, la historia, el tiempo, diarios,
porque es cuando recuerdo también las presidencias,
urgentes abogados, conservadores, asco,
cuando subo a la vida juntando la inocencia,
mi niñez triturada por escasos centavos,
por la cantidad mínima de pagar la estadía
como un vagón de carga
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.
Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate,
transitar sus países de bandidos y tesoros
poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil ensayar en la tierra
la alegría y el canto,
de otro modo es absurdo
porque de nada vale si hay un niño en la calle.
Dónde andarán los niños que venían conmigo
ganándose la vida por los cuatro costados,
porque en este camino de lo hostil ferozmente
cayó el Toto de frente con su poquita sangre,
con sus ropas de fe, su dolor a pedazos
y ahora necesito saber cuáles sonríen
mi canción necesita saber si se han salvado,
porque sino es inútil mi juventud de música
y ha de dolerme mucho la primavera este año.
Importan dos maneras de concebir el mundo,
Una, salvarse solo,
arrojar ciegamente los demás de la balsa
y la otra,
un destino de salvarse con todos,
comprometer la vida hasta el último náufrago,
no dormir esta noche si hay un niño en la calle.
Exactamente ahora, si llueve en las ciudades,
si desciende la niebla como un sapo del aire
y el viento no es ninguna canción en las ventanas,
no debe andar el mundo con el amor descalzo
enarbolando un diario como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos la risa,
golpeándonos el pecho con un ala cansada,
no debe andar la vida, recién nacida, a precio,
la niñez, arriesgada a una estrecha ganancia,
porque entonces las manos son dos fardos inútiles
y el corazón, apenas una mala palabra.
Cuando uno anda en los pueblos del país
o va en trenes por su geografía de silencio,la patria
sale a mirar al hombre con los niños desnudos
y a preguntar qué fecha corresponde a su hambre
que historia les concierne, qué lugar en el mapa,
porque uno Norte adentro y Sur adentro encuentra
la espalda escandalosa de las grandes ciudades
nutriéndose de trigo, vides, cañaverales
donde el azúcar sube como un junco en el aire,
uno encuentra la gente, los jornales escasos,
una sorda tarea de madres con horarios
y padres silenciosos molidos en la fábricas,
hay días que uno andando de madrugada encuentra
la intemperie dormida con un niño en los brazos.
Y uno recuerda nombres, anécdotas, señores
que en París han bebido
por la antigua belleza de Dios, sobre la balsa
en donde han sorprendido la soledad de frente
y la índole triste del hombre solitario,
en tanto, sus señoras, tienen angustia y cambian
de amantes esta noche, de médico esta tarde,
porque el tedio que llevan ya no cabe en el mundo
y ellos son los accionistas de los niños descalzos.
Ellos han olvidado
que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños
que viven en la calle
y multitud de niños
que crecen en la calle.
A esta hora, exactamente,
hay un niño creciendo.Yo lo veo apretando su corazón pequeño,
mirándonos a todos con sus ojos de fábula,
viene, sube hacia el hombre acumulando cosas,
un relámpago trunco le cruza la mirada,
porque nadie protege esa vida que crece
y el amor se ha perdido
como un niño en la calle...

Armando Tejada Gómez
http://www.tejadagomez.com.ar

martes, 14 de julio de 2009

ABUELA CONTAME UN CUENTO



Por Mempo Giardinelli

El chiquito tenía un incendio en la mirada. Había en sus ojos una rabia madura que delataba una sombra atroz en su breve historia.
Me acerqué a él contraviniendo nuestra consigna: no dejarnos vencer por nuestra propia sensibilidad.
Desde que empezamos el “Programa de Abuelas Cuentacuentos”, insisto en que nuestra función es la de simples proveedores de algo que allí falta, y coyunturales, además. Somos gente que está supliendo lo que el Estado, hoy, no hace o no puede hacer para todos.
–¿Y vos quién sos? –le pregunté serio.–Pilín, nomás – y viéndole los pelos se entendía el nombre: duros y parados, tiesos de tanta mugre.
Estábamos en un comedor, en Resistencia, uno de los tantos asentamientos periféricos en los que vive (es un decir, porque vivir no es el verbo apropiado) el 60% de los casi 400.000 habitantes de Resistencia. Allí, todas las tardes, 200 chicos del barrio se acercan a merendar.
–¿Ya tomaste la leche, vos?–Sí.–Entonces andá nomás. Pero él no se movió. Miraba todo, alrededor, con ojos de adulto. Los miraba como los yacarés: de lejos y con fijeza, inescrutables.
Me miró desde abajo y me habló como un grande:
–Estoy esperando a la Abuela Luisa.
–¿Y por qué la Abuela Luisa y no otra?
–Me gusta, nomás. Pilín espera a la Abuela Luisa todos los viernes, me ha dicho Olga, una de las mamás cocineras. A ella le pregunté si es porque no tiene abuela en su casa.
No, no tiene. Apenas tiene los restos de una familia: padre desocupado y drogadicto con varias entradas en la policía; madre sirvienta que labura todo el día en una casa del centro y vuelve, molida, de noche; cinco hermanos, dos discapacitados.
Hay días en que todo el alimento de Pilín es esa copa de leche. Viene con un tarrito y se lleva un par de tazas para los hermanos. Todos se hacinan en una pieza de chapas y maderas, cerca de los basurales de la ciudad.
Nosotros sabemos que aquí los papás no existen. En el comedor, al menos. No vienen, pero miran, desde las casas, desde las esquinas. O espían mientras juegan al fútbol en la canchita. Son las madres las que trabajan rumiando contra esos hombres embrutecidos por la desocupación y el resentimiento que las vigilan desde lejos.
En ese momento llega el remis que trae a un par de abuelas. Una de ellas es Luisa, especialista en leer cuentos de Graciela Cabal.
–¿Y por qué te gusta la Abuela Luisa, Pilín? El chico calla y se rasca las nalgas con la mano bajo el pantaloncito raído.
No sonríe, yo creo que ni sabe lo que es sonreír.
–Porque me deja pensando –dice.
–¿Y qué pensás, si ella no te trae nada?
Los dos sabemos que esa nada no es tal. El programa provee lecturas, ese otro alimento maravilloso. Pero él no sabría expresarlo.
–No sé –dice Pilín–. Cosas. Y entonces me mira como diciendo sí me da, me lee cuentos, siempre uno distinto y después me quedo toda la semana pensando.
Pero no lo dice. Simplemente se dirige al grupo que ya rodea a la Abuela Luisa y se sienta a sus pies, sobre la tierra dura, justo cuando ella empieza a leer.
Cuando después de un rato nos vamos en la camioneta, dando tumbos entre los pozos que dejó la última lluvia. Y cuando cada abuela es devuelta a la puerta de su casa, y me dirijo a la mía, me quedo pensando.
Yo también.
En muchas cosas.


El Programa de la Fundación Mempo Giardinelli incluye a más de 200 voluntarias lectoras en 25 ciudades de la Argentina que recorren casi mil escuelas, comedores, asilos y orfanatos asistiendo a los mismos niños cada semana a través de varios años.
Ha sido transferido a varias ciudades de otros países como Inglaterra, México, Colombia, Bogotá, Perú, Estados Unidos, Guatemala, Venezuela y Ecuador.

martes, 24 de marzo de 2009

CICATRICES DE LA MEMORIA

Entrevista A Héctor Schmucler (Junio 2004)
Prolífico investigador y ensayista, Héctor Schmucler es actualmente director de un programa de investigación sobre la memoria. Desde allí intenta desentrañar los procesos de memoria colectiva, lo que considera imprescindible para pensar la construcción de lo que hemos sido, y así entender lo que somos.
Por Alejandro Bellotti
http://www.contracultural.com.ar

Enmascarado con un par de anteojos de marcos gruesos y portafolio en mano, pasea con hidalguía su imponente figura por las calles aledañas a la Universidad Nacional de Córdoba; los estudiantes lo identifican y lo saludan, reconocimiento que lo reconforta. Lejos ya de la efervescencia setentista de Comunicación y Cultura, publicación que dirigió junto a Armand Mattelart, y pionera en el análisis sobre la comunicación en Latinoamérica, Schmucler está abocado a un nuevo objeto de estudio. Jubilado desde hace más de dos años, aunque vinculado aún al ámbito académico como Profesor Emérito de la Universidad de Córdoba y coordinador de la Maestría en Comunicación y
Cultura Contemporánea en el Centro de Estudios Avanzados (CEA), es director del Programa de Estudios sobre la Memoria, “una síntesis de todos los grandes interrogantes que me he planteado en mi vida”, sentencia Schmucler.
El Programa, en el que participan investigadores convocados por Schmucler y patrocinado por el Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía de la UNC, funciona en el CEA y sin presupuesto, “lo que tiene sus limitaciones, pero a su vez demuestra la voluntad de todo el equipo de trabajar por vocación y no para conseguir un sueldo”, señala el investigador.

¿Considerás un acto de resistencia trabajar en un programa para la memoria en un país tan “desmemoriado”?
Parafraseando a Borges, diría que es un acto de conservadurismo, porque hoy ser resistente a la ola de superficialidad en la que está inmerso el mundo, es ser conservador. Conservador como defensor de lo conquistado, evitando ser invadido por el desinterés reinante, y por lo tanto tener cierta memoria de aquellos valores que uno considera son constitutivos de los seres humanos. La memoria entendida como un hecho profundamente político, pero no para la inmediatez, ya que los fenómenos de memoria colectiva trabajan en lo sin suelo, en lo no inmediatamente utilizable, aunque tal vez sea lo más utilizado en la práctica porque marca la manera de vivir cotidianamente.

Sin embargo en la actualidad, y por la tendencia a la espectacularización de los acontecimientos que sólo permite recordarlos superficialmente, no se desmenuza el entramado que articula los hechos, dificultando esa construcción en pos de una memoria colectiva.
Es cierto. Hay una idea sostenida, también por algunos medios de comunicación, de que la memoria tiene una finalidad inmediata, que no es otra que la justicia. Y la memoria va más allá de eso, porque la justicia no logra liberar al mundo. Lo estamos viendo hoy en día con los militares. Si se encarcelase a los militares, pareciera que ya está, se clausura un capítulo, se lo encapsula y empaqueta. Pero la memoria son las cicatrices que quedan y están, que no tienen por qué ser dolorosas, sino que deben recordarnos que tal cosa existió. Todos vivimos con las cicatrices, pero las queremos olvidar. Por eso, pensar a la justicia como fundamento de la memoria nos sirve para disimular las cicatrices.

Una posible condena a los militares responsables del genocidio emprendido en 1976, ¿sería una costura, entonces?
Pareciera que sí, porque con esas posibles condenas se percibe una euforia desmesurada. Sospecho que si hoy se hiciera una encuesta, una buena porción de los habitantes de este país consideraría que por primera vez se haría algo justo con los militares si se los enjuiciara nuevamente. Y acá entra a jugar la inmediatez de lo mediático, que permite generar una suerte de que así todo estaría saldado, reconciliándonos con el pasado. Más allá de que estoy completamente de acuerdo con que se condene a los culpables, no debe olvidarse que hay algo que es la verdad y que supera los acontecimientos de cada día. La búsqueda de una cierta verdad es uno de los fundamentos de la memoria. Cuando digo verdad estoy pensando en un lugar donde la memoria descanse, se asiente. Ya sabemos que hay muchas verdades, por eso no quiero que la justicia simule que nos quedamos sin problema. Porque el problema son los militares, pero también es el país. Cuando digo verdad y memoria estoy pensando en la búsqueda de todo lo que hizo posible que un conjunto de personajes siniestros ejercieran un tremendo acto criminal. Me preocupa más estudiar esas condiciones, que meterlos diez años en la cárcel.

Y esas condiciones están latentes en la sociedad; se vislumbran, por ejemplo, en la forma que algunas personas interpretan, condicionados por la presentación del conflicto que hacen algunos medios, al piquetero (excluido) confrontado con el ciudadano (incluido).
Es así porque aparentemente, y así lo muestran algunos medios, son realidades irreconciliables; y eso sucede porque se vive segmentadamente, porque también entre los piqueteros están los que no asocian su propio accionar político con el conjunto. Lo cual tiene su raigambre en la falta de memorias comunes, posibilitando que no se tenga en cuenta al otro. Por ahí, algunos ciudadanos no tienen más que tomarse un colectivo para ir a trabajar y no pueden por un corte. Tal vez, otro señor en su auto piensa: “bueno, son unos minutitos más”. Pero esa también es una forma de excluirse del problema, porque puede prescindir del conflicto, no inmiscuirse; y esto se refleja en ese discurso, tan frecuente entre los intelectuales, de abstracción del mundo. Son los más justicieros y no tienen en cuenta esta complicada trama porque no los afecta.

¿Y cómo se reconstruye un tejido social tan deshilvanado?
Partimos de un hecho constitutivo que es el distanciamiento, la falta de comunidad, donde mis problemas son mis problemas, y no encontramos un hilo en común. Solamente encontrando un punto de confluencia podremos entendernos. Pero para eso no hay que descuidar el papel que juegan, entre otros, los medios de comunicación, y en especial los canales de televisión. Pareciera que quien representa la verdad en esta sociedad mas mediatizada es el que aparece por TV.
Si un canal de Checoslovaquia registrara la señal de un canal argentino con las imágenes de los piqueteros cortando un puente y los trabajadores enfurecidos porque no pueden llegar a sus puestos de trabajo, los checos dirían: “pobres tipos estos que no pueden trabajar por el accionar de estas bestias”.
Por eso es imprescindible la memoria, como mecanismo colectivo para saber de dónde venimos. Para entender que los actos de los seres humanos no son fenómenos de la naturaleza. Somos lo que somos, porque hemos sido lo que hemos sido. No llegamos a un lugar por mero juego del tiempo. Hemos construido esto. Pensar en esa construcción es una de las tareas sustanciales.

¿Cómo lograr que la memoria responda a un accionar continuo y que no sea mera cristalización de un procedimiento mecánico, institucionalizado como un museo?
Logrando que la memoria sea actuante. Con la conciencia de que somos parte del pasado, ya que en la historia de los seres humanos no está todo calculado, y es posible reconocer cómo se construyó. Cuando, por ejemplo, a los criminales de cualquier tipo se los tilda de bestias, se está tirando la pelota afuera. Porque es un Hombre, aunque quede mal decirlo. Esta tendencia a bestializar al enemigo es un gran error, ya que si no es un ser humano, no es responsable. Esa idea de que la humanidad es sustancialmente armoniosa, y que tiene algunos elementos patógenos que alteran el orden y por lo tanto deben ser eliminados, estuvo sustentada por la eugenesia, cuyo ejemplo más acabado fue el nazismo, que mediante la utilización de una cientificidad siniestra, intentó la eliminación de esos elementos enfermos y un mejoramiento de la especie. Pero uno, como parte de la humanidad, debe necesariamente preguntarse continuamente sobre, en el caso del nazismo o de un torturador de la dictadura, cómo me hubiera comportado en esa circunstancia, porque seguramente no hubiera actuado como aquel que condeno, pero tal vez no me hubiera comportado contrariamente. Casi metafísicamente, para mí, el trabajo fundamental en la memoria es empezar por el comienzo, recordando nuestra condición humana.

¿Cómo hacer para hurgar en la historia, abocarse al trabajo colectivo de armar un pasado en común, cuando el Estado, manejado por la ideología dominante, construye una historia que, en muchos casos, no coincide con la historia real?
Es posible que así sea, aunque esa es una postura demasiada althusseriana y yo tengo ciertas reservas sobre el trabajo de los Aparatos Ideológicos de Althusser. Porque se sobredimensiona el poder del Estado y porque considero, básicamente, que los seres humanos estamos condicionados en algunos aspectos de nuestro pensamiento, pero el hecho de haya gente que piensa diferente, demuestra que no estamos determinados, sino tan sólo condicionados, y esta es una diferenciación primordial. Quizás ese sea el gran don de los seres humanos: la capacidad de vivir y actuar libres de determinismos, guiados por la voluntad y la imaginación. Si todo lo pudiera condicionar una medida de la que no tuviéramos incidencia, no habría cambios. Por eso actúo por el mundo espiritual que me alimenta.

Pareciera que creyeras en una condición bondadosa inherente a los seres humanos.
Lo ejemplifico: Al respecto de la memoria, uno de los trabajos más interesantes que se han hecho en Europa, tiene que ver con el post-nazismo y con la gente que ayudó a salvar a perseguidos judíos. En estos estudios, antropológicos por cierto, han quedado algunas cuestiones comprobadas: muchos seres humanos expusieron sus vidas para salvar a otros con diferencias sustanciales de credo religioso, clase social y nivel cultural. La respuesta mayoritaria de estos auténticos salvadores al interrogante de por qué lo habían hecho, fue más significativa aún; contestaron que no tenían razón para explicar por qué habían actuado de ese modo. Como si fuera una práctica casi inmanente: “y no podía hacer otra cosa”. Ese no podía hacer otra cosa no tiene que ver con la educación del padre que le dice vos tenés que hacer esto, no tiene que ver con la iglesia o la escuela que infunde sus preceptos, aunque también tenga que ver con todo eso. Pero lejos está del deber, ya que se arriesga la propia vida porque sí. Este ejemplo demuestra que no todo está determinado.

Y demuestra también que quienes colaboraron con los sistemas persecutorios no pueden desligarse de sus responsabilidades y decir: “no pude hacer otra cosa”.
Es cierto, porque decir no hice otra cosa, significa no me animé a hacer otra cosa, ya que aunque sea real que hacer algo en contra de la norma vigente es riesgoso, haciendo uso de la libertad, se puede arriesgar, en contraposición de lo que nos está imponiendo este mundo donde no se arriesga nada; ni en el amor, ni el confort cotidiano. Y ante esa actitud timorata, encuentro “zafar” como un término que en Argentina es ilustrativo y emblemático de la conducta nacional. No resolvemos las cosas, las zafamos. Y zafar significa estafar. Zafar es una manera de no arriesgar. Yo no soy esta solidez que afronto y me arriesgo, sino que me escudo y zafo.

Si bien decís que no hay determinismos, no podemos negar que los condicionamientos siguen siendo muy poderosos. Vale como ejemplo cuando en la profecía orwelliana de 1984 en algunos pasajes se describe la neolengua como paradigma del autoritarismo galopante. Hoy, enmarcados en la sociedad de la información, regida por códigos binarios, existe una tendencia a manejarse onomatopéyicamente (el chat es ejemplo de ello), destruyendo el lenguaje y la creación y, de ese modo, condicionando el pensamiento.
¡Exacto! Ahí, en la neolengua, está la clave del totalitarismo; en este sofocamiento de la lengua, en esta pérdida de historia propia de las palabras, está engendrado el totalitarismo. Orwell lo dice claramente: hay que evitar que tenga mucho significado para que todo quede claro. Por qué blanco y negro, si puede ser blanco y no blanco. Ahí, en la neolengua, está la pérdida de la densidad del lenguaje. Significativamente, el lenguaje moderno obstruye la imaginación. Es totalitario y existe en nuestra sociedad, y responde a lo que podríamos denominar: “las formas dulces del totalitarismo”.

¿Y cómo se podría contrarrestar esa forma de totalitarismo?
Habría que encontrarle un uso diferente a la técnica. Y abandonar cierta ilusión de progreso, de que el mundo marcha hacia cierto estado de armonía y perfección. Creo que eso es errado y exagerado, aunque tampoco considero que estemos condenados, porque somos responsables de lo que nos está pasando y, como tales, podemos cambiar el rumbo. Es el momento preciso para tener la percepción a flor de piel, no sólo ver como se cumple un destino. Porque uno solo no puede cambiar el mundo, pero sí pensarlo y, tal vez, ese sea el paso inicial para que algún día cambie. Es el goce de poder mirar con los ojos abiertos y reconocer nuestro presente: doloroso y agradable. Esta sería la forma de oponernos a lógica del sistema que nos propone la adaptación y la naturalidad.

sábado, 7 de marzo de 2009

No me llames extranjero


No me llames extranjero, por que haya nacido lejos,
O por que tenga otro nombre la tierra de donde vengo
No me llames extranjero, por que fue distinto el seno
O por que acunó mi infancia otro idioma de los cuentos,
No me llames extranjero si en el amor de una madre,
Tuvimos la misma luz en el canto y en el beso,
Con que nos sueñan iguales las madres contra su pecho.
No me llames extranjero, ni pienses de donde vengo,
Mejor saber donde vamos, adonde nos lleva el tiempo,
No me llames extranjero, por que tu pan y tu fuego,
Calman mi hambre y frío, y me cobije tu techo,
No me llames extranjero tu trigo es como mi trigo
Tu mano como la mía, tu fuego como mi fuego,
Y el hambre no avisa nunca, vive cambiando de dueño.
Y me llamas extranjero por que me trajo un camino,
Por que nací en otro pueblo, por que conozco otros mares,
Y zarpé un día de otro puerto, si siempre quedan iguales en el
Adiós los pañuelos, y las pupilas borrosas de los que dejamos
Lejos, los amigos que nos nombran y son iguales los besos
Y el amor de la que sueña con el día del regreso.
No me llames extranjero, traemos el mismo grito,
El mismo cansancio viejo que viene arrastrando el hombre
Desde el fondo de los tiempos, cuando no existían fronteras,
Antes que vinieran ellos, los que dividen y matan,
Los que roban los que mienten los que venden nuestros sueños,
Los que inventaron un día, esta palabra, extranjero.
No me llames extranjero que es una palabra triste,
Que es una palabra helada huele a olvido y a destierro,
No me llames extranjero mira tu niño y el mío
Como corren de la mano hasta el final del sendero,
No me llames extranjero ellos no saben de idiomas
De límites ni banderas, míralos se van al cielo
Por una risa paloma que los reúne en el vuelo.
No me llames extranjero piensa en tu hermano y el mío
El cuerpo lleno de balas besando de muerte el suelo,
Ellos no eran extranjeros se conocían de siempre
Por la libertad eterna e igual de libres murieron
No me llames extranjero, mírame bien a los ojos,
Mucho más allá del odio, del egoísmo y el miedo,
Y verás que soy un hombre, no puedo ser extranjero.

domingo, 22 de febrero de 2009


No he dejado de creer en el poder de los abrazos, ni de soñar. No cerraré la matera “por derribo” seguiré esperándolos, aunque “éste bálsamo no cure cicatrices”.
El verbo olvidado
Por Sergio Sinay

Cuenta la doctora Elisabeth Lukas (alemana, discípula dilecta del médico y filósofo Víktor Frankl), que por mucho que indagó, exploró y buscó en todo el mundo, no encontró un solo tratado acerca del valor terapéutico y sanador de la palabra gracias. No se refiere Lukas, según lo aclara, a la formalidad o al automatismo conque empleamos el “gracias” de acuerdo con las buenas costumbres, sino a un agradecimiento activo y vivencial. Unas gracias en el que un Yo y un Tú hacen un contacto esencial y crean un momento trascendente en la trayectoria de ambos. Se trataría, en fin, de una verdadera acción de Gracias, en sentido literal. No un agradecimiento recitado, declamado, sino convertido en acto.
Si la doctora Lukas hubiese continuado con su indagación (no me consta que no lo haya hecho) se habría encontrado, quizás, conque tampoco existe mucha literatura ni demasiada indagación rigurosa acerca de una formulación similar de nociones como perdón y amor. En pleno conflicto con el campo, la Presidenta de la Nación, en uno de sus monólogos autistas, descalificadores hacia cualquier pensamiento diferente del suyo, dijo, al pasar, en un tono que en mis oídos sonó irónico, “pido perdón si alguien se ofendió” y, a continuación, volvió a herir a aquellos a quienes pedía disculpas. Lo hizo al referirse a la actividad de los mismos (la agropecuaria) con un notable desconocimiento del tema. En ese pedido no había un destinatario claro ni un reconocimiento de cuál era la ofensa (si pido perdón es porque sé cómo lastimé). Decía el gran filósofo existencialista israelí Martín Buber que el monólogo es un vínculo que una persona establece con un fin meramente utilitario. El diálogo, en cambio, señalaba Buber, es una relación en la que cada persona confirma el valor de la otra. Es decir, la registra, le da entidad. Es muy difícil pedir perdón cuando se está instalado en un monólogo. En realidad, no es difícil pedirlo, pero es casi imposible convertirlo en una “acción de Perdón”, como Lukas hablaba de las acciones de Gracias.
Decir “gracias”, pedir “perdón” y declarar “te amo” son, a poco que se observe, tres de las cosas más fáciles del mundo. Lo que resulta de veras difícil, lo que da valor y trascendencia a nuestros actos es convertir esas declaraciones en acciones. Pasar del sustantivo al verbo. Y, sobre todo, conjugar el verbo en el tiempo adecuado. La gratitud es tal cuando se convierte en acciones del agradecido, en hechos concretos, en gestos y actitudes que cruzan el puente del vínculo y, al hacerlo, consolidan ese puente. El amor es tal cuando se manifiesta en actos de amor que le lleguen al amado de un modo en el que éste los reciba como una palpable realización del sentimiento. Pero esos actos no quedan librados a la discreción del que ama. Es necesario que éste tome contacto real (visual, auditivo, emocional) con el amado, que lo reconozca y lo respete. Sólo así podrá saber qué necesita como amor el amado y se nutrirá el vínculo afectivo.
Otro tanto ocurre con el perdón. Es fácil decir “perdón” y continuar lacerando, ya sea conciente o inconscientemente, voluntaria o involuntariamente. El antídoto posible contra esto es, si de veras reconocemos la herida que hemos causado, convertir aquel enunciado en un acto de reparación. Pero, nuevamente, si he dañado a alguien no será reparador lo que yo considere como tal, sino lo que la herida necesite para sanar. Una vez más, esto requiere que el otro (el lastimado) sea tenido en cuenta, sea escuchado, y que su perspectiva sea respetada aunque no coincida con la mía. Si puedo hacer esto con sinceridad, aún me espera un riesgo. El de que, desde el lugar de aquel a quien herí, mi ofensa no tenga reparación posible. Y también con esto a veces hay que aprender a vivir y a continuar trabajando por un vínculo. Considerar las gracias, el amor y el perdón sólo en mis propios términos y darlos por expresados a partir de eso, me convierte en un monologuista, excluye al otro, empobrece o cancela los vínculos y, en definitiva, me deja aislado en un escenario de sordos y ciegos sustantivos.
Agradecer. Amar. Reparar. Acaso se trate de los tres verbos más poderosos en la construcción, el mantenimiento y el enriquecimiento de las relaciones humanas en todos sus niveles, desde los más íntimos y privados hasta los más públicos y sociales. Verbos cuyo aprendizaje requiere responsabilidad, sensibilidad, humildad, empatía y compromiso. Verbos sin cuya conjugación el escenario humano se empobrece hasta la indigencia espiritual, emocional y afectiva. Verbos que cuando son remplazados por el mero sustantivo (gracias, amor, disculpas) lejos de crear confianza y acercamiento en los vínculos, nos alejan a los unos de los otros, nos convierten casi inadvertidamente en medios el uno del otro, nos hacen olvidar que una persona debiera ser siempre para la otra un fin en sí mismo.
Estos conceptos se amplifican cuando la acción de uno o unos pocos lastima a muchos. Allí ya no hay espacio para el sustantivo. Es el tiempo del verbo. O sólo quedará el monólogo, el vínculo utilitario, la ruptura de la trama humana. Perdón, otra palabra que, en boca de un político en funciones, queda vacía de contenido.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Lecturas para compartir

Hambre y represión

El psicoanalista y director de teatro Eduardo Pavlovsky advierte que el hambre y la desnutrición infantil son violaciones a los derechos humanos equiparables a las atrocidades de la dictadura. Y que allí está el germen de la formación de la delincuencia infantil y sus consecuencias actuales.
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-115432-2008-11-22.html

Existía una cultura de la complicidad civil durante la dictadura. Hoy también existe una cultura de la complicidad civil en relación con el problema del hambre y la desnutrición infantil en la democracia. Es un abordaje social cultural. Como dice Giardinelli en Página/12: “Nuestro presente sociocultural configurado por entre 10 y 15 millones de compatriotas carentes de esperanzas, muchos de ellos en estado de animalidad (subrayado mío). Eso no se debe a un cataclismo ni es un flagelo natural, sino que es resultado de políticas que aquí se aplicaron y es urgente revertir, pero en serio y definitivamente, lo que implica exigir a las autoridades urgentes medidas reparadoras”.
El intendente Gustavo Posse dijo que el crimen del ingeniero Barrenechea está relacionado con el retiro de efectivos de Gendarmería en la villa La Cava. Alguien le contestó: “El triste suceso está relacionado con la ausencia de educación, de salud, de trabajo, de buena alimentación, de los derechos fundamentales del hombre: ausencia de igualdad, ausencia de oportunidades, ausencia de políticas que tiendan a preservar la dignidad humana, en ese asentamiento y en otros muchos puntos de la República”.
Dicen que los pibes de La Matanza son reclutados por organizaciones para cometer robos en otros puntos suburbanos. Los pibes se “entrenan” porque el reclutador les paga 500 pesos por cometer asaltos, robos o asesinatos que sufren todos los días principalmente las casas de la zona norte. Dicen que los preparan drogándolos antes de llevarlos al lugar indicado.
La lógica de un pibe de La Matanza no es la lógica de un pibe de Capital o San Isidro. Son dos o tres generaciones donde los valores se han transformado en la cultura villera sobre el hacinamiento, la promiscuidad, la falta de higiene, agua potable y de la carencia de recursos humanos para vivir con dignidad. La desigualdad social hoy es más amplia que nunca y también influye en este tipo de producción de subjetividades.
En la provincia de Buenos Aires, entre los 15 y los 20 años los jóvenes piensan que dentro de cinco años van a estar muertos o excluidos (encuesta del Ministerio de Desarrollo Social). No pueden pensar ni imaginar el futuro. Y no poder imaginar un futuro o un proyecto los convierte en un ser de otra cultura, formada por otros valores, por otros ideales, además de ser jóvenes que han convivido con tres generaciones sin trabajo.
Había que ver el desconcierto de Chiche Gelblung con dos jóvenes de La Cava que llevó a su audición televisiva. Chiche le preguntó a uno de ellos por una camisa Nike que llevaba puesta. El joven le contestó: “¿No te gusta que la tenga yo, no?”. Y agregó: “Esta ropa es sólo para tipos como vos, cuánto ganás aquí, decímelo, vos debés tener mucha guita y te podés comprar muchas cosas”. Y se inició un diálogo imposible, suscitado por el joven adolescente de La Cava y un Chiche desconcertado y desconocido que parecía someterse a un interrogatorio. Nunca lo ví tan incómodo en una entrevista, porque evidentemente es un periodista muy inteligente, pero acá se enfrentaban dos culturas diferentes.
Miles de familias están volviendo a los comedores comunitarios. En la red de banco de alimentos la demanda es un 15 por ciento mayor que en el 2007. En el partido de La Matanza la suma de las camas públicas de los hospitales es de 0,4 cada 1000 matanceros, una proporción bajísima. La Organización Mundial de la Salud establece una relación que debe ser 6,3 cada 1000 habitantes.
Es imposible no condenar los crímenes, los robos a que son sometidas las víctimas de la delincuencia y que abarcan las tres clases sociales, familias destruidas, otras que viven en permanente estado de miedo y temor. Nos identificamos con su miedo y su dolor. No podría ser de otra manera. Pero no es disminuyendo la edad de la imputabilidad de los menores de 14 años; como solución final, esto es ingenuo.
Tenemos que recordar que los derechos humanos no pueden quedar sólo asociados en la subjetividad popular al problema de la dictadura y los desaparecidos.
No debe valer más la vida de un desaparecido que la de un niño que muere de hambre, ni de los 27 que mueren por día por causas evitables. La indignación debiera ser la misma, la del joven desaparecido por el crimen de la dictadura y la del niño que muere de hambre en nuestro país.
Los derechos humanos deben ser el desarrollo de los recursos humanos para toda la población argentina. El combate al subdesarrollo de los recursos humanos (alimentación, salud, educación a todos los niños) debe ser prioridad y urgencia para prevenir futuros conflictos sociales. Empezar de abajo asegurándole a la niñez la estabilidad de poder vivir sus propios derechos constitucionales y de poder pensar en un posible futuro con dignidad. Es sólo poder pensar. El que no come no piensa y su arma es la inmediatez. No existen estructuras de demora, como habría dicho el doctor Fernando Ulloa. El hambre es un crimen en nuestro país, un crimen diario que potencia la delincuencia y el crimen organizado. Los ataques a las organizaciones como Pelota de Trapo –a través del rapto de uno de sus chicos, subiéndolos a coches donde son paseados amenazándolos por pertenecer a una organización que se ocupa del hambre y de la indigencia– son un buen ejemplo de la complicidad civil de un gran sector de la población argentina que se niega a identificarse con el otro sector argentino de la población que padece hambre e indigencia. La falta de respuesta frente al hambre es el germen de la complicidad civil. Es de “mal gusto hablar de la desnutrición infantil”. El hambre no es problema para un gran sector de la población. El que come tiene alimentación, educación y salud, sólo puede tener temor a ser saqueado, asesinado por la “animalidad” descripta por Giardinelli.
Desconocemos la subcultura de las zonas más carecientes, su lenguaje, sus valores, sus creencias y sus desesperanzas. Se nace allí en la villa y allí se forman sus valores, sus ideales, nada tienen que ver con los nuestros, que hemos podido alimentarnos, trabajar y estudiar. El programa de Chiche y los dos villeros de La Cava es la visualización práctica de las dos culturas enfrentadas.
El joven villero que sale a robar o matar por dinero, o por el dinero que le ofrecen, sólo siente que ése es su trabajo, no existen en esa subcultura nuestras categorías del bien y del mal, en esos chicos de 13, 14 o 15 años sin ninguna esperanza futura posible para una vida mejor.
Como dice la carta de Posse cuando afirma que el crimen del ingeniero Barrenechea estuvo relacionado con la ausencia de efectivos de Gendarmería en la villa, “en tanto no se solucione la ausencia del Estado en la villa, seguirán presentes la inseguridad, la desigualdad, la injusticia, el hambre, la mortalidad infantil, la deserción escolar, la pasta base y la prostitución infantil –y agrega–, la respuesta no debe buscarse en el Código Penal sino en la Constitución nacional”.
Allí está el germen de la formación de la delincuencia infantil y sus tremendas consecuencias actuales.
Insisto, el bien y el mal tienen distintos valores y códigos. Son los hustler, del ghetto negro de Chicago, que la familia espera ávidamente para recibir dinero que viene de los robos, asesinatos y drogas.
La ausencia de una política de Estado frente al retiro de fondos destinados a la ayuda social fue el origen del crimen juvenil. Los chicos de La Matanza y de La Cava son nuestros pequeños hustler.
No nos olvidemos que la pandilla juvenil más sangrienta en Latinoamérica, los maras, fue el origen de una mayor represión a los jóvenes en El Salvador. Hoy los maras han constituido un ejército temible de delincuentes infantiles que existen ya en Latinoamérica.
En la lenta recuperación de una justicia social donde los derechos devuelvan la dignidad a los muchos que la carecen, muchos de ellos ni saben que la carecen. Se ha perdido en esa subcultura de animalidad el derecho a tener derechos.
No más cárceles sino mejores instituciones que se ocupen de la infancia, devolviéndoles los derechos fundamentales de poder vivir y desarrollarse. No deben nacer condenados. La dignidad que fue devuelta a los indígenas de Evo Morales o a los cabecitas negras de Perón sólo consiste en ser personas y no vidas desperdiciadas, vidas no vividas, que merecen ser vividas.
Eduardo Pavlovsky
Psicoanalista, autor y director teatral.