"Cuando el desencanto se ha convertido en artículo de consumo masivo y universal. Nosotros seguimos creyendo en los asombrosos poderes del abrazo humano" Eduardo Galeano.

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domingo, 17 de abril de 2011

...de recomendable lectura

Hace sesenta y cinco años Atahualpa Yupanqui escribió

TIERRA QUE ANDA

En la página 35 del pequeño librito editado en 1948 por la Editorial Anteo leemos:

Te lo advertí, Hermano Kolla.
¿Recuerdas que te hablé de Condorkanqui, de Catári y Pilltipico?. Ellos tambien como tu, se echaron el sol al hombro y caminaron sendas del Ande hasta las pampas abiertas, con esa ilusión que la vida prende en los seres humildes, que creen que aquellos que viven bien, piensan y sienten bien.
Te vi pasar por los caminos del Tucumán. Saludé tu esfuerzo con mi mejor alarido. Nuestros ponchos conversaron sobre cosas comunes. El mío rojo y azul, dijo las cosas del sueño alto y de la copla libre. El tuyo castaño y pardo como tu vida y como tu tierra, dijo las cosas que el rigor aconseja al corazón que sabe esperar siglos la aurora que libera de las sombras.
Cuando llegaste a la gran ciudad, también yo te espere en Buenos Aires.
Yo no fui con un verso y un discurso, ni monte ajeno potro para lucir el barato gauchismo del hombre que se enhorqueta en Ciudadela para apearse en Plaza de Mayo.
Yo soy del camino largo. Soy jinete de bruto zaino que sabe andar cuarenta días para ver un alba o un ocaso andino.
Te vi entrar por la calle ancha, Hermano Kolla, cansado y aturdido de aplausos y homenajes. Niños como palomas custodiaron la acera de tu mañana sin niebla.
Obreros y ciudadanos agitaron sus manos para llamarte amigo. Mujeres de la feria mañanera se quedaban prendadas de los tientos heroicos de tu apero. Los entendidos discurrían sobre bozales, sobre guardamontes, sobre pellones y caronas diversas. Entre autos y tranvías detenidos en fila interminable, pasaron tus borricos, tus mulas. Pasaron los hombres del caminar eterno. Palmeando el anca de las bestias, saludando a las cholas, trepando en los carros, yo te saludé con una alegría de chango travieso. Mire tu sombrero apretado “a lo chaqueño”, con el ala hacia arriba, luciendo un retrato que nada tenía que ver con tu paisaje ni con tu misión. Tú no venías a pedirle nada a un hombre. Tú venias a pedirle a la Nación
A exigirle, ante los ojos de todo el pueblo, la tierra que tus manos reclamaban, la siembra de todo lo que lleva la vida hacia delante. Tu anhelo no nació en Bertoasco, como tampoco moriría bajo el antojo de Von Kemmer. Tu anhelo tiene más años que el algarrobo, y es más grande que tu pena y que tu espera, Hermano Kolla.
Cuando coparon tu esfuerzo y otros hicieron de tu heroico raid “su triunfo”, yo te lo advertí, paisano de mi tierra. Supe junto con tu llegada, el carácter de todo eso. Tú, hombre del Ande y de la Puna; tú, muchacho de los potrero de Orán y de los lotes cañeros de Ledesma; tú, vagabundo pastor de Cochinoca y Casabindo, fuiste sin quererlo, el partiquino inconsciente de una comedia nativista.
Aquí te abrazaron señores y lacayos vestidos de señores. Aquí te mostraron la zamba del pago luminoso, la vidala otoñal, la copla eterna, y se lucieron llamándote su hermano todos los aficionados al turismo tradicionalista del arte y de la vida. Todas las voces del arte barato, del provincianismo comercializado, te llamaron a sus centros.
¡Hasta jugaste fútbol! Te vi en los noticiarios de cine. Miraba tu figura, y casi no te reconocía.
Solo al caminar descubrías el paso que la tierra imprime al hombre. Estabas contento, pero esa alegría no era la de allá. No era la campechanía del saludo y la sonrisa bajo la sombra de la carpa grande del Carnaval quebradero. No eran los ojos chicos, de mirada firme, en la que siempre brilla el alma libre y la esperanza grande. Tu poncho añoraba vientos, y era blando tu gesto, tan lejos de las piedras.
Hasta que al fin supiste cómo duele el engaño.
Tú, indio del Ande, mestizo de la Puna, huésped de Buenos Aires fuiste echado a patadas. Roto quedó tu erkencho, destrozado tu bombo. Con las hilachas de tu pobre poncho enjugaste tu llanto, que es el mío, y el de todos los que arrimamos nuestro corazón para mantener la justicia de tu voz!
Ahora marchas caminos de regreso, que son para tu pueblo caminos de derrota. Allá conversarás, superada tu angustia, con tono más altivo. ¡Supay huaranka huachaseka! Y pensarás en todos los abrazos de la ruta. La montaña te mostrará la flor primera de estos tiempos de soles buenos, y el viento te hablará con la voz de los abuelos. La sombra de los algarrobos cantará para ti la ronda lunada de los coyuyos que anuncian el verano. Allá en las lomas la senda enviará en los remolinos sus mensajes al lucero cumbreño. Y tu flauta sonará como siempre, como toda la vida el yaraví de la sombra que comienza en la tierra y se extiende sobre el corazón de los hombres que viven lejos, pobres y silenciosos.
Aquí, ningún centro tradicionalista levantó su protesta. Ningún gaucho de los que se lucieron a tu lado, desde Ciudadela a Plaza de Mayo montó su potro ajeno para decirte:
“¡Venga a mi casa amigo!” Dentro de poco, serás el tema pálido de algo de lo mucho que ocurre en el tiempo.
¡Pero yo no duermo, Hermano Kolla! Mi alma es un mangrullo sobre el que pasa eternamente vigilando, el anhelo más grande de mi vida.
Aunque todas las voces callen, ahogadas, compradas, envilecidas o aburridas, mi voz, la de mi oscuro canto, la de mi copla libre, de esta guitarra mía que sabe de caminos y de angustias, será siempre tu voz, la de tu cerro, la de la Puna abierta y desolada, la de la selva brava. Sobre mi tierra alta viven hombres sin campos, de mirada firme, pero de tristes cantos, de paisajes hermosos, pero de hambres infinitas, a los que la vida arrincona para que sus sueños se deshilachen a la par de los ponchos.
¡Para comprar tu alegría con moneda justa, para que brote la dicha sobre la tierra parda, para borrar las lágrimas del llanto, esta mi corazón, Hermano Kolla…!

De ayer a Hoy
http://comunidadlaprimavera.blogspot.com/



viernes, 9 de abril de 2010

Todos Aquí


Fotografía de Griselda Garcia Cuerva (Dolores Bs.As.)

Todos aquí para mirar arder y consumirse ese fuego.

Fuego sólo?

No es un corazón apasionado que se ilumina en los cielos?

La pasión de la luz antigua abriéndose en flores encendidas

para mirarse en el espejo humano.

El corazón dice: criaturas terrestres, la vida es gloriosa,

alzaos hasta el fuego armonioso como hasta la sangre

del éxtasis para que todos seáis como simientes ardiendo

para las cosechas sucesivas de la luz común que encenderá hasta la sombra

y la estrellará como un jardín.


Juan Laurencio Ortiz (1896-1978)

Todos Aquí. De El álamo y el viento 1947



martes, 14 de julio de 2009

ABUELA CONTAME UN CUENTO



Por Mempo Giardinelli

El chiquito tenía un incendio en la mirada. Había en sus ojos una rabia madura que delataba una sombra atroz en su breve historia.
Me acerqué a él contraviniendo nuestra consigna: no dejarnos vencer por nuestra propia sensibilidad.
Desde que empezamos el “Programa de Abuelas Cuentacuentos”, insisto en que nuestra función es la de simples proveedores de algo que allí falta, y coyunturales, además. Somos gente que está supliendo lo que el Estado, hoy, no hace o no puede hacer para todos.
–¿Y vos quién sos? –le pregunté serio.–Pilín, nomás – y viéndole los pelos se entendía el nombre: duros y parados, tiesos de tanta mugre.
Estábamos en un comedor, en Resistencia, uno de los tantos asentamientos periféricos en los que vive (es un decir, porque vivir no es el verbo apropiado) el 60% de los casi 400.000 habitantes de Resistencia. Allí, todas las tardes, 200 chicos del barrio se acercan a merendar.
–¿Ya tomaste la leche, vos?–Sí.–Entonces andá nomás. Pero él no se movió. Miraba todo, alrededor, con ojos de adulto. Los miraba como los yacarés: de lejos y con fijeza, inescrutables.
Me miró desde abajo y me habló como un grande:
–Estoy esperando a la Abuela Luisa.
–¿Y por qué la Abuela Luisa y no otra?
–Me gusta, nomás. Pilín espera a la Abuela Luisa todos los viernes, me ha dicho Olga, una de las mamás cocineras. A ella le pregunté si es porque no tiene abuela en su casa.
No, no tiene. Apenas tiene los restos de una familia: padre desocupado y drogadicto con varias entradas en la policía; madre sirvienta que labura todo el día en una casa del centro y vuelve, molida, de noche; cinco hermanos, dos discapacitados.
Hay días en que todo el alimento de Pilín es esa copa de leche. Viene con un tarrito y se lleva un par de tazas para los hermanos. Todos se hacinan en una pieza de chapas y maderas, cerca de los basurales de la ciudad.
Nosotros sabemos que aquí los papás no existen. En el comedor, al menos. No vienen, pero miran, desde las casas, desde las esquinas. O espían mientras juegan al fútbol en la canchita. Son las madres las que trabajan rumiando contra esos hombres embrutecidos por la desocupación y el resentimiento que las vigilan desde lejos.
En ese momento llega el remis que trae a un par de abuelas. Una de ellas es Luisa, especialista en leer cuentos de Graciela Cabal.
–¿Y por qué te gusta la Abuela Luisa, Pilín? El chico calla y se rasca las nalgas con la mano bajo el pantaloncito raído.
No sonríe, yo creo que ni sabe lo que es sonreír.
–Porque me deja pensando –dice.
–¿Y qué pensás, si ella no te trae nada?
Los dos sabemos que esa nada no es tal. El programa provee lecturas, ese otro alimento maravilloso. Pero él no sabría expresarlo.
–No sé –dice Pilín–. Cosas. Y entonces me mira como diciendo sí me da, me lee cuentos, siempre uno distinto y después me quedo toda la semana pensando.
Pero no lo dice. Simplemente se dirige al grupo que ya rodea a la Abuela Luisa y se sienta a sus pies, sobre la tierra dura, justo cuando ella empieza a leer.
Cuando después de un rato nos vamos en la camioneta, dando tumbos entre los pozos que dejó la última lluvia. Y cuando cada abuela es devuelta a la puerta de su casa, y me dirijo a la mía, me quedo pensando.
Yo también.
En muchas cosas.


El Programa de la Fundación Mempo Giardinelli incluye a más de 200 voluntarias lectoras en 25 ciudades de la Argentina que recorren casi mil escuelas, comedores, asilos y orfanatos asistiendo a los mismos niños cada semana a través de varios años.
Ha sido transferido a varias ciudades de otros países como Inglaterra, México, Colombia, Bogotá, Perú, Estados Unidos, Guatemala, Venezuela y Ecuador.

lunes, 9 de febrero de 2009

Releyendo a Galeano

En Chiapas, los enmascarados desenmascaran al poder. Y no solamente al poder local, que está en manos de los devastadores de bosques y los exprimidores de gentes. La rebelión zapatista viene desnudando también, desde hace un año y medio, al poder que reina sobre todo México, un poder cuyas peores costumbres enseñan que las urnas y las mujeres están para ser violadas y que hacer política consiste en robar hasta las herraduras de los caballos en pleno galope. Pero los ecos de Chiapas llegan más allá de la comarca y el reino. Marcos, el portavoz, ha dicho que él es zapatista en México y también es gay en San Francisco, negro en Africa del Sur, musulmán en Europa, chicano en Estados Unidos, palestino en Israel, judió en Alemania, pacifista en Bosnia, mujer sola en cualquier metro a las diez de la noche, campesino sin tierra en cualquier país, obrero sin trabajo en cualquier ciudad. Y en una carta entrañable, el sub ha evocado a su amigo, el viejo Antonio, y ha contado que el viejo Antonio opina que cada cual tiene el tamaño del enemigo que elige. Ahí esta, creo, la clave de la grandeza de este pequeño movimiento campesino, que ha brotado en un lugar que nunca había sido noticia para los fabricantes de opinión pública: su grito tiene resonancia universal, porque expresa una pasión de justicia y una vocación solidaria que desafían al todopoderoso sistema que impunemente se ha apoderado del planeta entero. Y el desafío se formula con bravura en los hechos y con sentido del humor en las palabras, con coraje y con alegría, que nos den cosas que buena falta nos hacen. Está el mundo sometido a una vasta dictadura invisible. En ella, la injusticia no existe. La pobreza, pongamos por caso, que a tantos atormenta y que tanto se multiplica, no es un resultado de la injusticia, sino el justo castigo que la ineficiencia merece. Y si la injusticia no existe, la pasión de justicia se condena como terrorismo o se descalifica como mera nostalgia. ¿Y la solidaridad? Lo que no tiene precio, no tiene valor: jamás la solidaridad se ha cotizado tan bajo en el mercado mundial. La caridad está mejor vista, pero hasta ahora, que yo sepa, el supergobierno del mundo no ha ofrecido ningún Ministerio de Economía a la Madre Teresa de Calcuta. El supergobierno: los gobiernos están gobernados por un puñado de piratas, elegidos en ninguna elección. Ellos deciden la suerte de la humanidad y le dictan el código moral. En vez de un gancho, tienen en el puño una computadora, y al hombro llevan un tecnócrata en lugar de un papagayo. Ellos dominan los siete mares de las altas finanzas y del comercio internacional, donde navegan los que especulan y se ahogan los que producen. Desde allí, distribuyen el hambre y la indigestión en escala mundial, y en escala mundial manejan a los mandones y vigilan a los mandados. La televisión, que trasmite sus órdenes, llama paz mundial o equilibrio internacional a la resignación universal. Pero la condición humana tiene una porfiada tendencia a la mala conducta. Donde menos se espera, salta la rebelión y ocurre la dignidad. En las montañas de Chiapas, por ejemplo. Largo tiempo callaron los indígenas mayas. La cultura maya es una cultura de la paciencia, que sabe esperar. Ahora, ¿cuánta gente habla por esas bocas? Los zapatistas están en Chiapas, pero están en todas partes. Son pocos, pero tienen muchos embajadores espontáneos. Como nadie nombra a esos embajadores, nadie puede destituirlos. Como nadie les paga, nadie puede contarlos. Ni comprarlos.
Eduardo Galeano (Mensaje enviado al Segundo Diálogo de la Sociedad Civil, México, junio de 1995.)
http://www4.loscuentos.net

lunes, 25 de agosto de 2008

IDENTIDAD


Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer futuro.
Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.

NUESTRA HORA
Monseñor Pedro Casaldáliga.
Obispo Emerito De Sao Felix De Araguaia. Mato Grosso. Brasil
la amalgama de amores que cultivo:
una flor para el Che, toda la huerta
para el Dios de Jesús. Si me desvivo
por bendecir una alambrada abierta
y el mito de una aldea redivivo.
Si tiento a Dios por Nicaragua alerta,
por este Continente aún cautivo.
Si ofrezco el Pan y el Vino en mis altares
sobre un mantel de manos populares...
Sabed: del Pueblo vengo, al Reino voy.
¡Tenedme por latinoamericano,
tenedme simplemente por cristiano,
si me creéis y no sabéis quién soy!

Pedro Casaldáliga. Obispo y Poeta

viernes, 1 de agosto de 2008

1º de Agosto Día de la Pachamama

“Eusebio Colque también tiene algo que decir a la tierra. Se arrodilla Y mientras habla, va depositando en el hoyo, lentamente, hoja tras hoja, la coquita de su chuspa, y algún fleco de su poncho.
Por el tajo breve de sus ojos penetra el crepúsculo montañés con su frío, su niebla y su misterio y alimenta el espíritu de ese hombre de los caminos.
Y Eusebio murmura apenas: “ Para que mis burritos no se me lo mueran. Para que mis pienses no se cansen aunque yo esté viejo.
Para que mi mujer se sane de ese mal que no la deja respirar. Para que mi hijo que está en Yavi, no sea ingrato, y me lo traiga a mi nieto, así lo puedo ver, y acariciar y contarle muchas cosas que él debe sabe…”.
Y el hoyo simbólico sigue recibiendo las ofrendas de Mamá Rosa, de Eusebio Colque, de Mamerto Mamaní, de todos hasta de las puesteritas y de los changos del fogón, hasta del maestro de la escuelita de Molulo, abajeño que asiste, entre curioso y conmovido, a la ceremonia de la corpachada.
Dirigidos por Mamá Rosa, todos cantan la copla ritual:
“Que la Pachamama los reciba
regalitos de la tierra…
Que la Pacha nos ampare,
que multiplique la hacienda…
Aunque se agrande el corral,
que se güelva cielo y tierra…”.
Pasaje extraído de La Corpachada. Atahualpa Yupanqui El Canto del viento Ediciones Honegger S.A.I.C., Buenos Aires, 1965.

¿La foto?, una de las tantas que sacó mi hermano en su viaje a Machu Pichu. Perú. Año 1992

lunes, 16 de junio de 2008

Los espejos transparentes

Uno dice lo que dice, más no dice lo que piensa.
Los espejos no reflejan; transparentan
Todo mira fascinante de frente, pero no existe.
Todo vuelve por detrás y es lo real, invisible.
En lo que veo, no veo; en lo que no veo, creo.
En toda imagen apunta una múltiple presencia.
Palpitante intermitencia al corazón: confusión;
Y así me siento indeciso como pobre hombre perdido,
Como tú que ¿Quién eres?, como yo que ¿Quién soy?

Los espejos que me escupen hacia fuera y hacia adentro
Me proponen transparencias de distancias y silencios
Deben ser, quiero que sean, para mi obras ejemplos,
Con mucha luz hacia fuera, con más secreto hacia adentro
Juego el juego, sí, con trampas, como hay doblez en los versos.

Así se cuentan las cosas que nos pasan cada día,
Y bien contadas parecen fascinantes y sin alma
Si se piensa no es lo que se ve en el espejo
La luz grande es un abismo y un estúpido misterio.

Gabriel Celaya Poeta Vasco 1911-1991

Para seguir disfrutando a Celaya
http://www.gabrielcelaya.com/

martes, 10 de junio de 2008

Un cuento del inolvidable Fontanarrosa

Para los chicos de la Escuelita de Fútbol Infantil Héctor Barragán de General Guido

Viejo con árbol
"A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.-Ojo con la vía alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.-No pasan trenes, casi tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.-¿No vino la hinchada? ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo. ¿No vino la barra brava?Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores.Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
-La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá bromeó alguno.-Por ahí es amigo del referí -dijo otro.Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha - casi a desgano, aprovechando para desperezarse - cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referíí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción-¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? -medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso.El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
- No sonrió.Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado.- Música dijo después, mirándolo de nuevo.Algún tanguito? —probó el Soda.- Un concierto.Hay un buen programa de música clásica a esta hora.El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
- Pero le gusta el fútbol
- le dijo.
- Por lo que veo.El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
- Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte dictaminó después.
- Muy emparentado.El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
-Mire usted nuestro arquero - efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra -. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales - se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba
- Bueno... Eso, eso es la escultura...El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.-Vea usted - el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner- el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así...
-Bueno... Eso, eso es la pintura.Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.-Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
-Y escuche usted, escuche usted... - lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido-... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable.-Y vea usted a ese delantero... - señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado-... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia...
Bueno... Eso, eso es el teatro.El Soda se tomó la cabeza.-¿Qué cobró? - balbuceó indignado.- ¿Cobró penal? - abrió los ojos el viejo, incrédulo.Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha -.¿Qué cobrás? gritó después, desaforado -. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.-... ¿Y eso? - se atrevió a preguntarle el Soda, señalándolo.- Y eso... - vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra.
-...Eso es el fútbol."

domingo, 25 de mayo de 2008

La revolución un sueño eterno

“Escribo: un tumor me pudre la lengua. Y el tumor que la pudre me asesina con la perversa lentitud de un verdugo de pesadilla. ¿Yo escribí eso, aquí, en Buenos Aires, mientras oía llegar la lluvia, el invierno, la noche? Y ahora escribo: me llamaron -¿importa cuándo?- el orador de la Revolución. Escribo: una risa larga y trastornada se enrosca en el vientre de quien fue llamado el orador de la Revolución. Escribo: mi boca no ríe. La podredumbre prohíbe, a mi boca, la risa. Yo, Juan José Castelli, que escribí que un tumor me pudre la lengua, ¿sé, todavía, que una risa larga y trastornada cruje en mi vientre, que hoy es la noche de un día de junio, y que llueve, y que el invierno llega a las puertas de una ciudad que exterminó la utopía pero no su memoria?”

“¿Qué nos faltó para que la utopía venciera a la realidad? ¿Qué derrotó a la utopía? ¿Porqué, con la suficiencia pedante de los conversos, muchos de los que estuvieron de nuestro lado, en los días de mayo, traicionan la utopía? ¿Escribo de causas o escribo de efectos? ¿Escribo de efectos y no describo las causas? ¿Escribo de causas y no describo los efectos?
Escribo la historia de una carencia, no la carencia de una historia.”

Fragmentos de "La revolución un sueño eterno" Andrés Rivera. Alfaguara 1987
http://www.literatura.org/




Juan Jose Castelli (1764-1812)

Nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764. Estudió filosofía en el Real Colegio de San Carlos y en el Colegio Montserrat de Córdoba. Se recibió de abogado en la Universidad de Charcas.
Era primo y amigo de Manuel Belgrano, quien lo designó como suplente de la secretaría del Consulado en 1796. Junto a Belgrano, Rodríguez Peña y Vieytes, fue uno de los precursores de la Revolución de Mayo. Castelli fue comisionado para intimar al Virrey Cisneros a que cesara en su cargo. Fue el encargado de defender la posición patriota en las sesiones del Cabildo del 22 de Mayo de 1810.
A partir de entonces, lo llamaron "el orador de la revolución". Fue nombrado vocal de la Primera Junta, organismo que le encargó la represión de la contrarrevolución de Liniers en Córdoba. Castelli actuó con toda energía fusilando a Liniers y a sus compañeros. Luego se le encomendó la misión de ocupar el Alto Perú, donde impuso un gobierno revolucionario, liberando a los indios de los servicios personales y de la esclavitud, y fusilando a varios funcionarios reales.
Castelli pactó una tregua con los realistas que éstos no respetaron, y sorprendieron traicioneramente a las fuerzas criollas derrotándolas en Huaqui el 20 de junio de 1811. A su arribo a Buenos Aires el Triunvirato lo procesó y encarceló.
El "orador de la revolución" morirá de un cáncer en la lengua el 12 de octubre de 1812. Sus últimas palabras fueron: "si ves al futuro dile que no venga".

Autor :Felipe Pigna. http://www.elhistoriador.com.ar/

viernes, 9 de mayo de 2008

Para refrescar la memoria.

La Sra. Presidenta habló en Jujuy, “Tengo aguante, pero no de ahora, sino desde hace muchísimo tiempo. Y les puedo asegurar que no voy a defeccionar en esta lucha, que no es mía sino de todos los argentinos” Mientras la oía me pregunte si la nutrida concurrencia conocía el significado de la palabra Defeccionar. Yo debo confesarles que descubrí la palabra defección por una vieja Claringrilla, en la Definición leí : “Abandono de una causa con deslealtad, nueve casilleros", (sí alguna vez han hecho o hacen claringillas, saben de que hablo) las sílabas que me quedaban De/fec/ción , el diccionario me lo confirmó. Defeccionar. Etimología del francés defectionner,desertar. Verbo Intrnasitivo. Se conjuga como amar. ¡Gracias a las Claringrillas acrecenté mi pobre vocabulario! Gracias a la Sra. Presidenta estoy releyendo mucho últimamente, para refrescar la memoria.

Trajinando caminos abajeños, con raros soles y desconocidas lluvias, viene llegando al Plata la caravana india.
Todos, y cada uno, alientan la suprema esperanza: ¡Sentir suya la tierra en que nacieron! ¡Mirar en paz, con ojos amigos y corazón sereno, las piedras milenarias y las arenas altas que guardan las huacas donde duermen los abuelos, donde vagan libremente los escasos rebaños de vicuñas y guanacos, donde florece el cebadal azul, donde se mece tímida la esbelta quinua, donde el pajonal hace nacer un canto, donde a veces la piedra deja un lugar para la buena siembra!
Más que una conciencia de Patria, el indio tiene un instinto de Tierra. La magia de los libros y la historia general de la nación, no llegó a penetrar en el pueblo andino. Las corrientes literarias, la información variada, la instrucción sistematizada, se extiende a lo largo del cajón de Humahuaca, siempre pegada a la cinta atrevida del ferrocarril. Allí sí que han de ser enterados, más o menos de las cosas del mundo. Pero para el hombre de arriba, para el proletario de los altos valles, para el runa señor de las cumbres, no existe otra magia que la voz de los vientos, que el nubarrón indeciso, que el remolino inútil, que el río sorprendente y caprichoso, la noche larga y la vida gris..
Alguna vez se unieron rebelados, el arriero, el labrador y el siete oficios. Cuando alguien del sur compró tierras en el Cerro Moreno, los kollas de Pumamarca supieron como apretaban los arriendos y los impuestos. Bajaron hasta el Volcán, airados en un desordenado malón de ponchos raídos y verdades sin amparo. Hubo prisioneros, discusiones, rebencazos, pleitos con abogados románticos. Los líricos indigenistas hablaron de leyes nuevas y de reivindicaciones, y de flautas de caña y de danzas nativas, y de colores, melenas y ushutas. Pero los purmamarqueños del Cerro Moreno tuvieron que volverse a sus cumbres, arrimarse a las piedras y aguantar el arriendo, y sufrir los embargos.
Y tuvieron que dejar sus predios indios, y bajar al cañaveral para juntar la platita que cada año debían entregar. Tal vez en esos días, desde cualquier esquina del altiplano la sombra augusta de Tomas Catári, les habrá dicho “¡Yo me fui desde Potosí a Buenos Aires, a pie en cuatro meses, a pedirle al virrey Vértiz un documento que ordenara la libertad de los indios del Alto Perú, en 1780! ¡Yo llegué a la gran aldea del Sur, hablando solamente el aimará y el quechua. Me dieron el documento; volví al altiplano, y allí me metieron a la cárcel, rompieron los papeles, y al tiempo destrozaron mi cuerpo en los pedregales!...”
Runa Allpacamaska… “El hombre es tierra que anda”
Los cobrizos mozos de Coranzulí, desde la puerta de Tolar Grande y las Salinas de Atacama, levantaron una vez el grito solitario. La voz se lleno de plomo, y el gran corazón del Ande mancho de sangre las azufreras y los medanales de Susques, ¡Lloró la tierra alta, desde Polvorilla a Casavindo, y un gran silencio se extendió por la Puna!
Tal vez en esos días desde la meseta del Chani Grande la voz de Pilltipico les habrá dicho: ¡Yo organice a los ocloyas, homahuacas y kollas para resistir el yugo español, respondiendo al reclamo de José Gabriel Condorkanqui, aquel Tupac Amarú tan nuestro como el aire! ¡Me aplaudieron al principio, y me persiguieron después, y un día me fusilaron en Simoca, un olvidado rincón del Tucumán!...”
El Hombre es tierra que anda…
Los ríos de Jujuy riegan las tierras de los hombres ricos. El Huasamayo, el Zapla; el Labayén, el Chisjra, el Río Grande…
Nada sabe la tierra india de este viaje rumoroso y feliz de los rios. Al nacer, la vertiente se lava los ojos con una nieve blanca, y los pastorcitos y las imillas aprenden allí la primera ronda, y el chango leñero sabe cómo es de buena la vida que ofrece un lloro de agua de trecho en trecho.
Pero es agüita, nomás…” Cuando de brinco en brinco, la corriente encuentra un cauce seguro y se lanza, más lenta, más densa, más “ella”, entonces le llaman río. Y es entonces cuando el agua ya no sabe nada de la tierra india ni del hombre arribeño. A medida que el agua se va ganando leguas de tierra abajeña, se va olvidando de los pobres. El río tiene a veces, la misma mala memoria que los gobiernos.
El hombre es tierra que anda…
Ahora viene la caravana india, trajinando caminos.
No todos son kollas. Los hay de Ledesma, mestizos, criollos de cepa hispana, matacos, tobas algunos, otros de raíz calchaquí.
Los kollas vienen a pie. El indio puneño, es el gran infante de América. La ushuta es calzado heroico, por que además de soportar al hombre, soporta también al gran silencio del hombre.
Ciento cincuenta nativos caminan estas sendas abajeñas hacia la ciudad endiablada, hacia el laberinto de callejas y avenidas. Ellos, que vienen de lejos y de muy alto, entraran en la ciudad de la urgencia, del ritmo rápido, en la ciudad donde todos hablan a la vez, y a gritos, en la ciudad donde muchísimos estudian, muchísimos trabajan, y muchísimos viven esperando… y esperando…
Es para ellos un mundo nuevo. Andarán por estas calles porteñas, con su mirar asombrado, aunque bien disimulado. Cada uno de ellos trae la atmósfera de su pago nativo. Veremos el poncho de tres colores, que usan los quebraderos, tierra de arenas policromas, claveles chiquitos y aromados de aire antiguo. Veremos el poncho rojo y azul de “los del ramal”, que usan los del lado de Ledesma, Papichuelo, Calilegua, Oran y Fraile Pintado. Veremos también el poncho pardo, sin flecos ni dibujos, que usan los kollas de la Puna desolada. Cada cual trae la atmósfera de su paisaje. Las cholas usarán las polleras superpuestas, sus sombreritos redondos, su chacuña azul, su bata blanca, sus zarcillos de plata india, su collar de huayruros, su andar de llama grácil.
Son proletarios del Ande secular.
Son brazos de la zafra, presas del paludismo. Son hombres que aman la montaña y la altipampa, y no quieren dejarla. Son hombres que quieren tierra ancha y suya para sembrarla, regarla, hacerla provechosa para la familia y para la Nación. Son hombres que viene de lejos y de muy arriba, para pedir un pedazo de suelo argentino, un tractor, una bolsa de semillas, una verdad criolla y un sentido primordial: El vivir como trabajadores del campo argentino, y no como siete oficios, como una cosa sin sensibilidad y sin destino.
Esta marcha tiene también una deserción dolorosa: el indio Romero. Tenía 60 años y muchos achaques. Era peón de surco, peón de quebrachales, limpiador de acequias, engrasador de carros. Era… Siete oficios!
Lo apretó el invierno de la tierra abajeña, allá, cerca de Frías, en el camino…
Lo velaron en una aldea santiagueña, como se vela a un indio: golpeando una caja, diciendo una copla, rezando en criollo-quichuista un mensaje a cualquier Santo. Y también pensando mucho, y sintiendo bien adentro, como duele el camino cuando la sombra muerde los colores del poncho y la esperanza del alma.
Allá en el camposanto de Frías, ha quedado una cruz de algarrobo, sobre el sueño del indio Romero. Tal vez los icanchos y los chalchaleros, tal vez la dulce torcaza y las reinamoras le traerán a la hora de la siesta las cosas eternas del aire provinciano, en esa trova liviana y agreste que puebla la selva.
¡Mi corazón te piensa con sabor de vidala, paisano de mi tierra! El hombre, es tierra que anda…¡Runa, allpacamaska!
Te lo advertí, Hermano Kolla.
¿Recuerdas que te hablé de Condorkanqui, de Catári y Pilltipico?. Ellos también como tu, se echaron el sol al hombro y caminaron sendas del Ande hasta las pampas abiertas, con esa ilusión que la vida prende en los seres humildes, que creen que aquellos que viven bien, piensan y sienten bien.
Te vi pasar por los caminos del Tucumán. Saludé tu esfuerzo con mi mejor alarido. Nuestros ponchos conversaron sobre cosas comunes. El mío rojo y azul, dijo las cosas del sueño alto y de la copla libre. El tuyo castaño y pardo como tu vida y como tu tierra, dijo las cosas que el rigor aconseja al corazón que sabe esperar siglos la aurora que libera de las sombras.
Cuando llegaste a la gran ciudad, también yo te espere en Buenos Aires.
Yo no fui con un verso y un discurso, ni monte ajeno potro para lucir el barato gauchismo del hombre que se enhorqueta en Ciudadela para apearse en Plaza de Mayo.
Yo soy del camino largo. Soy jinete de bruto zaino que sabe andar cuarenta días para ver un alba o un ocaso andino.
Te vi entrar por la calle ancha, Hermano Kolla, cansado y aturdido de aplausos y homenajes. Niños como palomas custodiaron la acera de tu mañana sin niebla.
Obreros y ciudadanos agitaron sus manos para llamarte amigo. Mujeres de la feria mañanera se quedaban prendadas de los tientos heroicos de tu apero. Los entendidos discurrían sobre bozales, sobre guardamontes, sobre pellones y caronas diversas. Entre autos y tranvías detenidos en fila interminable, pasaron tus borricos, tus mulas. Pasaron los hombres del caminar eterno. Palmeando el anca de las bestias, saludando a las cholas, trepando en los carros, yo te saludé con una alegría de chango travieso. Mire tu sombrero apretado “a lo chaqueño”, con el ala hacia arriba, luciendo un retrato que nada tenía que ver con tu paisaje ni con tu misión. Tú no venías a pedirle nada a un hombre. Tú venias a pedirle a la Nación
A exigirle, ante los ojos de todo el pueblo, la tierra que tus manos reclamaban, la siembra de todo lo que lleva la vida hacia delante. Tu anhelo no nació en Bertoasco, como tampoco moriría bajo el antojo de Von Kemmer. Tu anhelo tiene más años que el algarrobo, y es más grande que tu pena y que tu espera, Hermano Kolla.
Cuando coparon tu esfuerzo y otros hicieron de tu heroico raid “su triunfo”, yo te lo advertí, paisano de mi tierra. Supe junto con tu llegada, el carácter de todo eso. Tú, hombre del Ande y de la Puna; tú, muchacho de los potrero de Orán y de los lotes cañeros de Ledesma; tú, vagabundo pastor de Cochinoca y Casabindo, fuiste sin quererlo, el partiquino inconsciente de una comedia nativista.
Aquí te abrazaron señores y lacayos vestidos de señores. Aquí te mostraron la zamba del pago luminoso, la vidala otoñal, la copla eterna, y se lucieron llamándote su hermano todos los aficionados al turismo tradicionalista del arte y de la vida. Todas las voces del arte barato, del provincianismo comercializado, te llamaron a sus centros.
¡Hasta jugaste fútbol! Te vi en los noticiarios de cine. Miraba tu figura, y casi no te reconocía.
Solo al caminar descubrías el paso que la tierra imprime al hombre. Estabas contento, pero esa alegría no era la de allá. No era la campechanía del saludo y la sonrisa bajo la sombra de la carpa grande del Carnaval quebradero. No eran los ojos chicos, de mirada firme, en la que siempre brilla el alma libre y la esperanza grande. Tu poncho añoraba vientos, y era blando tu gesto, tan lejos de las piedras.
Hasta que al fin supiste cómo duele el engaño.
Tú, indio del Ande, mestizo de la Puna, huésped de Buenos Aires fuiste echado a patadas. Roto quedó tu erkencho, destrozado tu bombo. Con las hilachas de tu pobre poncho enjugaste tu llanto, que es el mío, y el de todos los que arrimamos nuestro corazón para mantener la justicia de tu voz!
Ahora marchas caminos de regreso, que son para tu pueblo caminos de derrota. Allá conversarás, superada tu angustia, con tono más altivo. ¡Supay huaranka huachaseka! Y pensarás en todos los abrazos de la ruta. La montaña te mostrará la flor primera de estos tiempos de soles buenos, y el viento te hablará con la voz de los abuelos. La sombra de los algarrobos cantará para ti la ronda lunada de los coyuyos que anuncian el verano. Allá en las lomas la senda enviará en los remolinos sus mensajes al lucero cumbreño. Y tu flauta sonará como siempre, como toda la vida el yaraví de la sombra que comienza en la tierra y se extiende sobre el corazón de los hombres que viven lejos, pobres y silenciosos.
Aquí, ningún centro tradicionalista levantó su protesta. Ningún gaucho de los que se lucieron a tu lado, desde Ciudadela a Plaza de Mayo montó su potro ajeno para decirte:
“¡Venga a mi casa amigo!” Dentro de poco, serás el tema pálido de algo de lo mucho que ocurre en el tiempo.
¡Pero yo no duermo, Hermano Kolla! Mi alma es un mangrullo sobre el que pasa eternamente vigilando, el anhelo más grande de mi vida.
Aunque todas las voces callen, ahogadas, compradas, envilecidas o aburridas, mi voz, la de mi oscuro canto, la de mi copla libre, de esta guitarra mía que sabe de caminos y de angustias, será siempre tu voz, la de tu cerro, la de la Puna abierta y desolada, la de la selva brava. Sobre mi tierra alta viven hombres sin campos, de mirada firme, pero de tristes cantos, de paisajes hermosos, pero de hambres infinitas, a los que la vida arrincona para que sus sueños se deshilachen a la par de los ponchos.
¡Para comprar tu alegría con moneda justa, para que brote la dicha sobre la tierra parda, para borrar las lágrimas del llanto, esta mi corazón, Hermano Kolla…!

Escrito en 1946 Publicado en Tierra que Anda. Editorial Anteo. Buenos Aires, 1948 Por quien jamás defeccionó Don Atahualpa Yupanqui 1908-1992. -

miércoles, 7 de mayo de 2008

Refutación del Regreso

Vengo desde Nuestra Gallineta dónde mencioné a Dolina y pensé que vendría bien compartir con ustedes, materos amigos, este texto. Aprovecho para dejarles la página de Alejandro Dolina. http://www.lvweb.com.ar

Crónicas del Angel Gris
Refutación del Regreso

No hay sueño mas grande en la vida que el Sueño del Regreso. El mejorcamino es el camino de vuelta, que es también el camino imposible. Los Hombres Sensibles de Flores, en sus nocturnas recorridas por las calles del barrio, planeaban volver.Volver a cualquier parte. A la adolescencia, para reencontrarse con los amores viejos. A la infancia para recobrar las bolitas perdidas. A la primera novia, para jurarle que no ha sido olvidada.A la escuela, para sentir ese olor a sudor y tiza que no se encuentra enninguna otra parte.Volver fue para ellos la aventura prohibida. Cada noche sonaban conpatios queridos y cariños ausentes. Y cada mañana despertaban llorando desengañados y revolvían la cama para ver si algún pedazo de sueño se había quedado enganchado entre las cobijas.

A pesar de todo, los muchachos de Flores habían aprendido a disfrutar de los regresos modestos y cada tanto visitaban antiguas pizzerías, veían películas de Paul Muni, cantaban el vals Penas que Matan o examinaban fotos amarillentas en la pieza de Manuel Mandeb. Desde luego, los Refutadores de Leyendas se burlaban de todo esto.
- Saluden a los nuevos tiempos! - gritaban- . El mundo marchahacia adelante. La comparsa racionalista acusaba a los Hombres Sensibles deretrógrados y conservadores. Tal vez tenían algo de razón: Mandeb y susamigos andaban siempre por los mismos lugares, contaban miles de veceslas mismas anécdotas y se divertían robando nísperos siempre en la misma casa.
- Marchan ustedes a contramano de la historia- rugían los Refutadores. Y era cierto. Pero siempre es recomendable recorrer la vida a contramano, sobre todo si uno sospecha quien ha puesto las flechas del transito. En los años dorados del barrio del Ángel Gris, funcionaba en la calleGavilán la agencia Todo para el Regreso. Esta empresa organizaba unosviajes y peregrinaciones cuyo atractivo principal estaba en la vuelta. Porcierto, solían elegir lugares horrorosos, con alojamiento mísero y comidasinmundas, precisamente para acrecentar el deseo de volver cuanto antes.Pero el mayor éxito se obtuvo con el Servicio de Recuperación de Vecinos. La agencia se ocupaba de localizar y entrevistar a pobladores antiguos,alejados del barrio por las perversas mudanzas. Por un precio razonable se les ofrecía una fiesta callejera en su viejo vecindario, con la presencia de todos los personajes de la zona. El servivio incluía la entrega deun pergamino, palabras alusivas a cargo de empleados de la empresa y llegado el caso, indumentaria apropiada para que el vecino emigrante pudiera fingir opulencia si lo deseaba.Existía -además- un plan superior que contemplaba la reinstalación lisay llana del vecino perdido en su antigua residencia. Desde luego,los costos eran grandes y no resultaba sencillo vencer las dificultades quese presentaban: desalojo del nuevo ocupante de la finca, abolición de laseventuales reformas, rescate de los muebles originales y restauración delexacto grado de higiene en que acostumbraban vivir el cliente y su familia. Para cumplir con esta ultima pretensión, a veces había que limpiary otras veces era necesario juntar mugre.En realidad, hay que confesar que durante todo el tiempo que funcionoel Servicio de Recuperación de Vecinos, solamente una vez se concreto el plan superior. Fue el famoso regreso de la familia del ingenieroVaccari a su casa de la calle Bolivia Este servicio fue solventado por losamigos del poeta Jorge Allen, despues de mas de un año de colectas, rifas, prestamos a interés y timbas a beneficio.No es que a nadie le importara gran cosa del ingeniero Vaccari. Pero Jorge Allen estaba enamorado de Leonor, la mayor de sus hijas y no estabaseguro de poder seducirla en Bancalari. La historia no tuvo un final feliz. Leonor rechazo tercamente a JorgeAllen y se entrevero con un carnicero que venia a rondarla precisamentedesde Bancalari. Allí mismo se fueron a vivir cuando se casaron, un añodespués. El resto de la familia Vaccari acabo mudándose mas tarde a San Miguel, barrio del que no fueron rescatados jamás. El ruso Salzman, legendario jugador de dados, también supo hacerun negocio parecido. Sin la intervención de la agencia, se decidió a comprar la casa de su infancia, ocupada desde hacia años por perfectos desconocidos. En semejante patriada, el ruso gasto la memorable ganancia deuna noche gloriosa en el casino de Mar del Plata. Una vez instalado, comprendió que la inversión había sido inútil.- He recuperado mi casa -dijo- . Pero la infancia, no. Catorce años después de haber egresado como bachiller, Manuel Mandeb volvió a inscribirse en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda. El polígrafo de Flores estaba entusiasmado con la ida y propuso asus antiguos compañeros que hicieran lo mismo, para repetir a épocamás feliz de sus vidas No tuvo mucha suerte: Avila, Capel, Carrasco, Cichoworsky, Donath, Frascarelli, Frezza... Por orden alfabético todos sefueron negando y presentando sólidos pretextos. El trabajo, la familia, la distancia, el dinero., De algún modo misterioso aquellos atorrantes habían contraído la responsabilidad. Manuel Mandeb no se achico y comenzó las clases. Y el primer dia trato de reproducir episodios divertidos que habían ocurrido antes, pero las cosas no eran iguales. Sus nuevos compañeroseran bastante chitrulos y se resistían a secundarlo en sus travesuras, no lellamaban EL Turco sino El Abuelo. Para peor, algunos profesores creían recordarlo vagamente y no sabían si confundirlo con su hijo o con supadre.Logro -eso si- algunas buenas notas y hasta quince amonestaciones. Un día, el jefe de celadores descubrió la verdad.- No crea que no lo he reconocido, señor Mandeb. Este es otro de sus inventos. Yo pensé que el titulo de bachiller iba a servirle de escarmiento,pero veo que no es así. Usted es de los que siguen jorobando hasta después de muertos.Mandeb contesto llorando: -Usted es el único que me ha comprendido. Gracias.-Cállese la boca, señor -grito el jefe de celadores- Vuelva a clase. El pensador de Flores fue expulsado poco después. Pero a pesar de su fracaso, la segunda inscripción es una maniobra que merece ser estudiadapor los melancólicos cabales. Sostengo que con el apoyo de sus viejos condiscípulos, la experiencia de Mandeb hubiera sido emocionante. La agencia Todo para el Regreso se fundió por falta de clientes. En unúltimo esfuerzo, sus dueños ofrecieron servicios económicos. Eran retornosfingidos, vueltas sin ida, reencuentros sin ausencia. El interesadopodía simular su viaje al África. La empresa se encargaba del recibimiento,los abrazos y las lagrimas. EL éxito fue nulo. Por esos días, Manuel Mandebescribió su oscuro ensayo Nunca se Vuelve. Leamos algunos párrafos: "No es posible regresar a ninguna parte. Los puntos de partida no sequedan quietos y a la vuelta ya no están, para poder volver se necesita, porempezar, un punto de partida eterno e inmutable. Pero todo se mueve y no hay forma de detener el Universo. Créanme si les digo que nadie ha efectuadonunca jamás un verdadero regreso. EL hombre que lo consiga cumplirá la hazaña mas grande de la historia."La idea de no bañarse dos veces en el mismo río no constituye ningunanovedad filosófica. Pero adviértase que Mandeb deseaba en verdadvolver a bañarse. Esta fue su mayor obsesión y siempre lamento amargamente no poder remontar los tiempos. Los Refutadores de Leyendas se alegran de la dinámica universal y esperan el futuro con impaciencia. Desean liberarse del pasado, romperlas cadenas. Pero si esto encierra la idea de libertad, hay que reconocerque Manuel Mandeb fue mucho mas lejos: "Por que no puede uno estar en varios lugares al mismo tiempo? Que es esto de no poder volver al pasado ni visitar el futuro? Por que no esposible extraer de las premisas de la razón las consecuencias que a uno se leantojen?"Ah, la libertad...la libertad sin tiempo, ni espacio, ni lógica. La libertad de vivir todas las vidas, de estar en todas partes, de recorrer las edades. Que dicen a esto los libertarios sin frontera?"Pero las cosas son como son. Esa es la pena de los Hombres Sensibles. La misma de los viajeros que no pueden volver atrás. Ellos, no han nacido para viajar. Y sin embargo, ahí andan con la vida llena de extraños, ansiando la inmortalidad, solamente para poder regresar. Algunos tratan de no partir: amor...quedémonos aquí... Pero el que noparte también se queda solo. En Flores se suele contar la leyenda de Anton Raffo, quien según pareceposeía el Secreto del Regreso. Mandeb y Jorge Allen llegaron a conocerlo.Es cierto que el hombre usaba en su conversación algunos giros inquietantes.-Ya voy a arreglar eso cuando sea un poco mas joven.- He besado muchas veces a Mónica. Pero será mucho mejor cuando le de el primer beso.
-Ya estoy harto de nacer, caballeros. Los muchachos de Flores no pudieron indagar demasiado. Raffo desapareció y si es que posee el Secreto, tal vez ande en otros tiempos mas prometedores. Aquí cabe una modesta reflexión. Aun cuando fuera posible volver alpasado, nada seria igual. Todos los actos de nuestra vida repetidosminuciosamente, serian distintos al estar ocurriendo por segunda vez. Esta diferencia es sustancial. Llevaríamos con nosotros la carga de la experienciaanterior. Nos estaría negada la ansiedad y la esperanza. Con que entusiasmo apostaríamos a las cartas que ya sabemos perdedoras? Alguien dirá: seria preciso borrar la memoria y volver al pasado sin recordar que ya lovivimos. Respuesta: de que sirve volver si uno no sabe que vuelve? Para elcaso es posible pensar que ahora mismo estamos viviendo por segunda oquinta vez la misma vida.Quien les escribe ha soñado muchas veces este episodio: Camino por la calle Urquiza, en Caseros. Soy como ahora, un grandulon melancólico. Pero descubro que no estoy en el presente sino en losprimeros años de la década del 50. Llego ante la casa que lleva el numero68 y toco el timbre. Al rato sale a recibirme un nene mugriento y desconfiado. Soy yo mismo. Abrazo emocionado al chico. Desde adentro oigo lavoz del abuelo que pregunta: - Quien es , Negro? Nunca he podido imaginar que algo mejor pudiera ocurrirme. Los funcionarios del paraíso no tendrán que ponerse en grandes gastos conmigo. El libro de aventuras del regreso sigue en blanco. Ni los Hombres Sensibles, ni los Pensadores del Eterno Retorno, nimuchos de nosotros -que a veces creemos volver- hemos podido dar un solo paso. Esto no nos impide ser dichosos algunas veces, a pesar detodo. Las personas decentes nos piden madurez y resignación. Quierenque olvidemos nuestras trágicas ensoñaciones. Pero nosotros no queremos olvidar. Y el que olvide, jamás, jamás podrá ser nuestro amigo. Ni siquiera cuando volvamos a encontrarnos otra vez y para siempre.
http://www.lvweb.com.ar/texto.asp?id=19

viernes, 25 de abril de 2008

Lo que esperamos

TARDARÁ, tardará
Ya se que todavía
los émbolos,
la usura,
el sudor,
las bobinas
seguirán produciendo,
al por mayor,
en serie,
iniquidad,
ayuno,
rencor,
desesperanza;
para que las lombrices con huecos portasenos,
las vacas de embajada,
los viejos paquidermos de esfínteres crinados,
se sacien de adulterios,
de diamantes
de caviar
de remedios.

Ya sé que todavía pasaran muchos años
para que estos crustáceos
del asfalto
y la mugre
se limpien la cabeza
se alejen de la envidia,
no idolatren la seña,
no adoren la impostura,
y abandonen su costra
de opresión.
de ceguera,
de mezquindad,
de bosta.

Pero, quizás, un día,
antes de que la tierra se canse de atraernos
y brindarnos su seno,
el cerebro les sirva para sentirse humanos,
ser hombres,
ser mujeres,
-no cajas de caudales,
ni perchas desoladas-,
someter a las ruedas,
impedir que nos maten,
comprobar que la vida se arranca y despedaza
los chalecos de fuerza de todos los sistemas;
y descubrir, de nuevo, que todas las riquezas
se encuentran en nosotros y no bajo la tierra.

Y entonces…
¡Ah! ese día
abriremos los brazos
sin temer que el instinto nos muerda los garrones,
ni recelar de todo,
hasta de nuestra sombra;
y seremos capaces de acercarnos al pasto,
a la noche,
a los ríos,
sin rubor,
mansamente,
con las pupilas claras,
con las manos tranquilas;
y usaremos palabras sustanciosas,
autenticas;
no como esos vocablos erizados de inquina
que babean las hienas al instarnos al odio,
ni aquellos que se asfixian
en estrofas de almíbar
y fustigada clara de huevo corrompido;
sino palabras simples,
de arroyo,
de raíces, que en vez de separarnos
nos acerquen un poco;
o mejor todavía,
guardaremos silencio
para tomar el pulso a todo lo que existe
y vivir el milagro de cuanto nos rodea,
mientras alguien nos diga,
con una voz de roble,
lo que desde hace siglos
esperamos en vano.
de Persuasión de los días (1942) Oliverio Girondo Poeta Argentino 1891-1967

jueves, 10 de abril de 2008

Los Prisioneros

El Estado, que jamás va preso, asesina por acción y por omisión. Crímenes por acción: a fines del año pasado, la policía militar de Río de Janeiro reconoció oficialmente que venía matando civiles a un ritmo ocho veces más acelerado que el año anterior, mientras la policía de los suburbios de Buenos Aires cazaba jóvenes como si fueran pajaritos. Crímenes por omisión: al mismo tiempo, cuarenta enfermos del riñón murieron en el pueblo de Caruarú, en el nordeste de Brasil, porque la salud pública les había hecho diálisis con agua contaminada; y en la provincia de Misiones, en el nordeste de la Argentina, el agua potable, contaminada por los plaguicidas, generaba bebés con labios leporinos y deformaciones en la médula espinal.
En la era de las privatizaciones y el mercado libre, el dinero se propone gobernar sin intermediarios. ¿Cuál es la función que se atribuye al Estado? El Estado debe ocuparse de la disciplina de la mano de obra barata, condenada a salarios enanos, y a la represión de las peligrosas legiones de brazos que no encuentran trabajo: un Estado juez y gendarme, y poco más. De los otros servicios públicos, ya se encargará el mercado, y de la pobreza, gente pobre, regiones pobres, ya se ocupará Dios, si la policía no alcanza. La administración pública sólo puede disfrazarse de madre piadosa muy de vez en cuando, atareada como está en consagrar sus menguadas energías a las funciones de vigilancia y castigo. En el proyecto neoliberal, los derechos públicos se reducen a favores del poder, y el poder se ocupa de la salud pública y de la educación pública como si fueran formas de la caridad pública.
El arte de borrar huellas
Mientras tanto, crece la pobreza y crecen las ciudades y crecen los asaltos y las violaciones y los crímenes. "La criminalidad crece mucho más que los recursos para combatirla", reconoce el ministro del Interior del Uruguay. La explosión del delito se ve en las calles, aunque las estadísticas oficiales se hagan las ciegas, y los gobiernos latinoamericanos confiesan, de alguna manera, su impotencia. Pero el poder jamás confiesa que está en guerra contra los pobres que genera, en pleno combate contra las consecuencias de sus propios actos. "La delincuencia crece por culpa del narcotráfico", suelen decir los voceros oficiales, para exonerar de responsabilidad a un sistema que arroja cada vez más pobres a las calles y a las cárceles y que condena cada vez más gente a la desesperanza y la desesperación.
Las cumbres irradian el mal ejemplo de su impunidad. Se castiga abajo lo que se aplaude arriba. El robo chico es delito contra la propiedad, el robo en gran escala es derecho de los propietarios: uno es asunto del Código Penal, el otro pertenece a la órbita de la iniciativa privada. El poder, que elogia al trabajo y a los trabajadores en sus discursos pero los maldice en sus actos, sin pudor alguno recompensa la deshonestidad y la falta de escrúpulos. La respetable tarea tiene por cómplices a los grandes medios de comunicación, que mienten callando casi tanto como mienten diciendo.
¿Denuncias o confesiones?
Y mientras el poder enseña impunidad, esos grandes medios, y sobre todo la televisión, difunden mensajes de violencia y de consumismo obligatorio. Una reciente investigación universitaria reveló que los niños de Buenos Aires ven, cada día, cuarenta escenas de violencia en la pantalla chica. ¿Cuántas escenas de consumismo ven? ¿A cuántos ejemplos de despilfarro y ostentación asisten cada día? ¿Cuántas órdenes de comprar reciben los que poco o nada pueden comprar? ¿Cuántas veces por día se les taladra la cabeza para convencerlos de que quien no compra no existe, y quien no tiene, no es? Paradójicamente, la televisión suele trasmitir discursos que denuncian la plaga de la violencia urbana y exigen mano dura, mientras la misma televisión imparte educación a las nuevas generaciones derramando en cada casa océanos de sangre y de publicidad compulsiva: en este sentido, bien podría decirse que sus propios mensajes están confirmando su eficacia mediante el auge de la delincuencia.
Las fábricas de opinión pública echan leña a la hoguera de la histeria colectiva, y mucho contribuyen a convertir la seguridad pública en obsesión pública. Cada vez tienen más ecos los gritos de alarma que se pronuncian en nombre de la población indefensa ante el acoso del crimen. Se multiplican los asustados, y los asustados pueden ser más peligrosos que el peligro que los asusta. Para acabar con la falta de garantías de los ciudadanos, se exigen leyes que suprimen las garantías que quedan; y para dar más libertad a los policías, se exigen leyes que sacrifican la libertad de todos los demás -incluso en países como el Uruguay, donde las estadísticas confiesan que los policías son, en proporción, los ciudadanos que más delitos cometen.
No sólo los vividores de la abundancia se sienten amenazados. También la clase media, y también numerosos sobrevivientes de la escasez: pobres que sufren el asalto de otros pobres más pobres o más desesperados. En sociedades que prefieren el orden a la justicia, hay cada vez más gente que aplaude el sacrificio de la justicia en los altares del orden: hay cada vez más gente convencida de que no hay ley que valga ante la invasión de los fuera de la ley. Hay un clamor creciente por la pena de muerte en la opinión pública de varios países latinoamericanos; y las matanzas de niños por los escuadrones parapoliciales de la muerte en Bogotá, Río de Janeiro o la ciudad de Guatemala son pública o secretamente aplaudidas por un sector considerable de la sociedad. Se considera normal la tortura del delincuente común, o de quien tenga cara de; y llama la atención el silencio de algunos organismos de derechos humanos, en países donde la policía tiene la costumbre de arrancar confesiones mediante métodos de tortura idénticos a los que las dictaduras militares aplican contra los presos políticos.
Las otras jaulas
Presos: las dictaduras militares ya no están, pero las frágiles democracias latinoamericanas tienen sus cárceles hinchadas de presos. Los presos son pobres, como es natural, porque sólo los pobres van presos en países donde nadie va preso cuando se viene abajo un puente recién inaugurado, cuando se derrumba un banco vaciado por los banqueros o cuando se desploma un edificio construido sin cimientos. Cárceles inmundas, presos como sardinas en lata: en su gran mayoría, son presos sin condena. Muchos, sin proceso siquiera, están ahí no se sabe por qué. Si se compara, el infierno del Dante parece cosa de Disney. Continuamente, estallan motines en estas cárceles que hierven. Entonces las fuerzas del orden cocinan a tiros a los desordenados y de paso matan a todos los que pueden, con lo que se alivia la presión de la superpoblación carcelaria -hasta el próximo motín.
En realidad, bien se podría decir que presos estamos todos, quien más, quien menos. Los que están en las cárceles y los que estamos afuera. ¿Están libres los presos de la necesidad, obligados a vivir para trabajar porque no pueden darse el lujo de trabajar para vivir? ¿Y los presos de la desesperación, que no tienen trabajo ni lo tendrán, condenados a malvivir a los zarpazos? Y los presos del miedo, ¿estamos libres? ¿No estamos todos presos del miedo? Todos enrejados: ya hay plazas públicas rodeadas de rejas en algunas ciudades latinoamericanas, y están enrejadas las casas de todos los que tenemos algo que perder, aunque sea poco, aunque sea nada; yo he visto rejas hasta en algunos ranchos de lata y madera de los suburbios pobres. Los de arriba y los del medio y los de abajo: en sociedades obligadas al sálvese quien pueda, aterrorizadas por los manotazos de sus náufragos, estamos todos presos: los vigilantes y los vigilados, los elegidos y los parias.
Los hechos se burlan de los derechos. Retrato de América Latina al fin del milenio: ésta es una región del mundo que niega a sus niños el derecho de ser niños. Los niños son los más presos entre todos los presos, en esta gran jaula donde se obliga a la gente a devorarse entre sí. El sistema de poder, que no acepta más vínculo que el pánico mutuo, maltrata a los niños. A los niños pobres los trata como si fueran basura. Y a los del medio los tiene atados a la pata del televisor.
En la burbuja del poder
En el océano de los que necesitan, las islas de los que más tienen tienden a convertirse en lujosos campos de concentración, donde los poderosos sólo se encuentran con los poderosos y nunca pueden olvidar, ni por un ratito, que son poderosos. En algunas de las grandes ciudades latinoamericanas, donde los secuestros se han hecho costumbre, los niños ricos crecen encerrados dentro de la burbuja del miedo. Habitan mansiones amuralladas, grandes casas o grupos de casas rodeadas de cercos electrificados y guardias armados, y están día y noche vigilados por los guardaespaldas y por las cámaras de los circuitos cerrados de televisión. Viajan, como el dinero, en autos blindados. No conocen, más que de vista, la ciudad donde viven. Descubren el subterráneo en París o en Nueva York, pero jamás lo usan en San Pablo o en la ciudad de México.
Ellos no viven en la ciudad donde viven. Tienen prohibido ese vasto infierno que acecha su minúsculo cielo privado. Más allá de las fronteras del privilegio, se extiende una región del terror donde la gente es mucha, fea, sucia y peligrosa. En plena era de la globalización, los niños ricos no pertenecen a ningún lugar. Crecen sin raíces, despojados de identidad nacional, y sin más sentido social que la certeza de que la realidad es una amenaza. Tienen por patria las marcas de prestigio universal y por lenguaje los códigos internacionales. Los niños ricos de las ciudades más diversas se parecen en sus costumbres, tanto como entre sí se parecen los shopping centers y los aeropuertos, que están fuera del tiempo y del espacio. Educados en la realidad virtual, los niños ricos se deseducan en la ignorancia de la realidad real, que sólo existe para ser temida o para ser comprada.
Desde que nacen, son entrenados para el consumo y para la fugacidad, y transcurre la infancia comprobando que las máquinas son más dignas de confianza que las personas. Fast food, fast cars, fast life: mientras esperan que llegue la hora del ritual de iniciación, cuando el primer Jaguar o Mercedes les sea regalado, ellos ya se lanzan a toda velocidad a las autopistas cibernéticas, a toda velocidad compiten en las pantallas electrónicas y a toda velocidad devoran imágenes y mercancías haciendo zapping y haciendo shopping.
La pobreza como delito
Muchos antes de que los niños ricos dejen de ser niños y descubran las drogas caras que aturden la soledad y enmascaran el miedo, ya los niños pobres están aspirando pegamento. Mientras los niños ricos juegan a la guerra con balas de rayos láser, ya las balas de plomo acribillan a los niños de la calle. Algunos expertos llaman "niños de escasos recursos" a los que disputan la basura con los buitres en los suburbios de las ciudades. Según las estadísticas, hay setenta millones de niños en estado de pobreza absoluta, y cada vez hay más, en esta América Latina que fabrica pobres y prohíbe la pobreza. Entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.
Nacen con las raíces al aire. Muchos de ellos son hijos de familias campesinas, que han sido brutalmente arrancadas de la tierra y se han desintegrado en la ciudad. Entre la cuna y la sepultura, el hambre o las balas abrevian el viaje. De cada dos niños pobres, uno trabaja, deslomándose a cambio de la comida o poco más: vende chucherías en las calles, es la mano de obra gratuita de los talleres y las cantinas familiares, es la mano de obra más barata de las industrias de exportación, que fabrican zapatillas o camisas para las grandes tiendas del mundo. ¿Y el otro? De cada dos niños pobres, uno sobra. El mercado no lo necesita. No es rentable, ni lo será jamás. Y quien no es rentable, ya se sabe, no tiene derecho a la existencia. El mismo sistema productivo que desprecia a los viejos, expulsa a los niños. Los expulsa, y les teme. Desde el punto de vista del sistema, la vejez es un fracaso, pero la infancia es un peligro.
En muchos países latinoamericanos, la hegemonía del mercado está rompiendo los lazos de solidaridad y está haciendo trizas el tejido social comunitario. ¿Qué destino tienen los dueños de nada en países donde el derecho de propiedad se está convirtiendo en el único derecho sagrado? Los niños pobres son los que más ferozmente sufren la contradicción entre una cultura que manda consumir y una realidad que lo prohíbe. El hambre los obliga a robar o a prostituirse; pero también los obliga la sociedad de consumo, que los insulta ofreciendo lo que niega. Y ellos se vengan lanzándose al asalto. En las calles de las grandes ciudades, se forman bandas de desesperados unidos por la muerte que acecha. Según la organización Human Rights Watch, los grupos parapoliciales matan seis niños por día en Colombia y cuatro por día en Brasil. ¿Y ellas? Hay medio millón de niñas brasileñas que venden el cuerpo, casi tantas como en la India, y en la República Dominicana la próspera industria del turismo ofrece subastas de niñas vírgenes.
El pánico y sus trampas
Entre una punta y la otra, el medio. Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo. Cada vez son menos libres los niños de clase media. Les confisca la libertad, día tras día, la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no siente que el piso cruje bajo los pies? La clase media vive en estado de impostura, simulando tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. Nadie podrá reprocharle mala conducta. La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler y el pánico al desalojo.
En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro perpetuo. En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, espectáculo de la vida.
Eduardo Galeano
Montevideo, 2 de agosto de 1996.
http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/los.prisioneros.htm

lunes, 7 de abril de 2008

Diálogo Perdido

(Entre Don Quijote y Sancho)-
Todos andan buscando, Sancho, una paloma por el mundo y nadie la encuentra.
-Pero, que paloma es la que buscan?
-Es una paloma blanca que lleva en el pico el ultimo rayo amoroso de luz que queda ya sobre la tierra.
-Como la golondrina de Tristán.
-Eso, como la golondrina de Tristán. Bien te acuerdas, Sancho.Aquel cabello dorado de Isolda que dejo caer la golondrina sobre el hombro cansado del Rey era el rayo de amor que andaba buscando el hombre sobre la tierra,
pero no es esto...
hay otra definición;
te lo explicaré mejor:
esa paloma que andan buscando
es aquella que una vez se le posó en la cabezaa un pobre Nazareno en el Jordán;
aquello sí fue un buen juego de prestidigitación:
un hombre sencillo entra a bañarse en el Jordán.
se le posa una paloma blanca sobre la cabeza
y sale de las aguas
convertido en el hijo de la Luz
en el hijo de Dios
en el hijo del Hombre
Y aquel juego se hizo sin trucos y sin trampas
por eso fue un gran milagro.¡
El Gran Milagro del Mundo!
Desde entonces
el hombre vale más...
Y desde entonces todos andan buscando esa paloma
para que se haga otra vez el Milagro...
¡Y el Hombre valga más!
León Felipe 1889-1968
Poeta español

domingo, 30 de marzo de 2008

¿Por quién doblan las campanas?


Comenzaré por contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos más, y finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa, de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda, siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los que morían. Doblaban también para señalar las horas del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres, a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial. Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin, la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería, para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que objetivamente ha sido. Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte, por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese código se encuentra consignado desde hace cincuenta años en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional en su conjunto. De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento social resultante del proceso de globalización económica en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también, si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo -es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas concretas del momento, y según la expresión consagrada, un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático. Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará un Gobierno. Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar, pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico, en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada tienen que ver con aquel bien común al que, por definición, aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico, con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro. Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla, por favor.
Este mundo de la injusticia globalizada

viernes, 28 de marzo de 2008

Grandes Lecciones


Umberto Eco
Para LA NACION
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/nota.asp?nota_id=991381

El otro día un entrevistador me preguntó (como lo han hecho muchas veces) cuál era el libro que más influencia había ejercido sobre mi vida. Si en el curso de toda mi vida un solo libro hubiera influido sobre mí más que los otros, yo sería un idiota… como muchos de los que responden a esta pregunta. Hubo libros que fueron decisivos para mí a los veinte años y otros que fueron decisivos a los treinta… y espero con impaciencia el libro que me trastornará a los cien años. Otra pregunta imposible: “¿Quién le enseñó algo que fue definitorio y para siempre en su vida?”. No puedo responder a eso (a menos que diga “papá y mamá”) porque en cada recodo de mi existencia alguien me ha enseñado algo. Podían ser personas que estaban próximas a mí o muertos queridos, como Aristóteles, Santo Tomás, Locke o Peirce. En cualquier caso, he recibido enseñanzas no librescas de las que puedo afirmar, con toda seguridad, que cambiaron mi vida. La primera fue la de la señorita Bellini, mi maravillosa maestra de primaria, quien nos pedía preparar para el día siguiente algunas reflexiones sobre palabras determinadas (como “gallina” o “barco”), a partir de las cuales debíamos elaborar algún relato o fantasía. Un día, invadido por no sé qué demonio, dije que podría crear algo en el momento, a partir de cualquier palabra que me propusiera. Ella me miró desde su escritorio y dijo “libreta”. Dicho ahora, retrospectivamente, podría haber hablado de la libreta de apuntes del periodista, o del diario de viaje de un explorador salgariano, pero con jactancia me subí a la tarima y ni siquiera pude abrir la boca. La señorita Bellini me enseñó entonces que no hay que presumir demasiado de las propias fuerzas. La segunda enseñanza fue la que me transmitió don Celi, el salesiano que me enseñó a tocar un instrumento musical. Parece que ahora quieren consagrarlo santo (no por esta razón, que el abogado del diablo podría usar en su contra). El 15 de enero de 1945 fui a verlo lo más campante y le dije: “Don Celi, hoy cumplo trece años”. El me respondió, con tono áspero: “Muy mal aprovechados”. ¿Qué me quería decir con eso? ¿Que al llegar a esa venerable edad yo debía abocarme a un estricto examen de conciencia? ¿Que no debía esperar elogios por haber cumplido simplemente mi deber biológico? Quizás era tan sólo una manifestación del sentido piamontés de los modales, un rechazo de la retórica, incluso de la felicitación de rigor. Pero creo que don Celi sabía, y me enseñó, que un maestro siempre debe poner en crisis a sus discípulos, y nunca alabarlos más de lo necesario. Después de esa lección, siempre he sido parco para elogiar a los que lo esperaban de mí, salvo casos excepcionales o hechos inesperados. Tal vez con esta conducta he hecho sufrir a algunos y así he desaprovechado no sólo mis primeros trece años, sino también mis primeros setenta y seis. Pero sin duda decidí que la manera más explícita de expresar mi aprobación era no regañar a nadie. Si no regaño, significa que alguien ha hecho algo bien. Siempre me han irritado expresiones tales como “el papa bueno” o “el honesto Zaccagnini”, que permitían pensar que los otros pontífices habían sido malvados y los otros políticos deshonestos. Juan XXIII y Benigno Zaccagnini hacían simplemente lo que se esperaba de ellos, y no había ninguna razón particular para felicitarlos por eso. Pero la respuesta de don Celi también me enseñó a no enorgullecerme demasiado por las cosas que hacía, aunque las hiciera bien, y, sobre todo, a no jactarme. ¿Eso significa que no hay que intentar ser el mejor? Por cierto que no, pero de manera extraña la respuesta de don Celi me reenvía a algo que dijo Oliver Wendell Holmes Jr. y que leí no sé dónde: “El secreto de mi éxito es que desde joven descubrí que no era Dios”. Es muy importante entender que uno no es Dios, y dudar siempre de los propios actos, y pensar siempre que no hemos aprovechado suficientemente los años vividos. Es el único modo de intentar pasar mejor los años que nos quedan. Me pregunto por qué me vienen a la cabeza estas cosas en estos días. Es que se ha iniciado la campaña electoral, y en estos casos, para tener éxito es necesario comportarse un poco como Dios, y decir de las cosas hechas, como el creador después de la creación, que eran “bastante buenas”, y manifestar un cierto delirio de omnipotencia declarándose capaz de hacerlas mejor (mientras Dios se contentó con haber creado el mejor de los mundos posibles). Pero no moralizo: para hacer una campaña electoral hay que actuar así… ¿Se imaginan a un candidato que les dice a los futuros votantes: “Aunque hasta ahora hice mal las cosas, y no estoy seguro de que las haré mejor en el futuro, les prometo que lo intentaré”. No sería elegido. Sin embargo, repito, no lo digo en el sentido de falso moralismo. Sólo que al escuchar los diversos programas de TV sobre los comicios, se me dio por pensar en don Celi.